Anécdotas de colegios paranormales
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Foto de autor desconocido |
escrito por Egeria Hipona
Cuando me reuní con unas amigas en una actividad para exalumnas, recordamos varias vivencias alegres, vergonzosas y alocadas. Entre estas últimas se encontraban momentos como haber convencido a nuestros profesores guía para vestirse como personajes de “Scary Movie” y situaciones del tipo “aquí asustan porque esto era un asilo para enfermos que fue construido sobre un panteón indígena”.
Por supuesto que nuestro colegio no se cimentó sobre un panteón indígena ni tampoco fue un hospital de ningún tipo, pero los rumores que circulaban tenían el mismo estilo: que un sacerdote se había colgado en unas escaleras y que al menos un par de las monjas superioras habían fallecido dentro de las instalaciones del colegio. Así que, claro, muchas teníamos algo qué contar al respecto.
Melisa nos dijo que una vez, mientras paseaba durante el recreo junto con Carolina, vio la estatua de Laura Vicuña de la puerta sur parpadear. Había un debate con esa estatua. Unas decían que parpadeaba y otras estaban seguras que de un día para otro esa estatua sostenía un ramo de flores con el brazo contrario. Yo estaba dentro del segundo grupo, estaba segurísima de que Laura sostenía sus flores con el brazo izquierdo porque hice varios bocetos de ella para la clase de artes plásticas, y un día en una celebración a su nombre, me vi sorprendida de que dichas flores estuvieran del lado contrario.
Maricarmen tenía otra historia: durante una clase de español el pupitre vacío que estaba a su lado se movió por su cuenta. Creyó que era su imaginación al principio, pues estaba bien adormilada de tener que hacer ejercicios de análisis sintáctico. Pronto dicho pupitre se movió más cerca del suyo sin impulso de ninguna compañera. Corrió espantada hacia el escritorio de la profesora. Nadie comprendió su susto, mucho menos sus balbuceos, hasta que los otros dos pupitres vacíos también se movieron sin que nadie ni nada visible los empujara.
Ese evento fue presenciado por el resto de la clase, que no pudo concentrarse durante el resto de la lección. Ese rumor fue algo famoso por unos días. La profesora se había reservado a responder preguntas que las demás hiciéramos. Eso era típico cuando sucedía algo así. Siempre el silencio o la negación por parte de los profesores. Las conserjes, en cambio, aceptaban más los hechos o dejaban entredicho que también se habían llevado sustos en algún momento.
Lo que me pasó un día fue compartido por mi pequeño grupo de amigas. Es extraño que no lo recordara antes. En cuanto lo comentaron, volvió la memoria fresca y vívida. Resulta que nos encontrábamos en hora de almuerzo Melisa, Carolina, Maricarmen y yo; algo prohibido en realidad, nadie se podía quedar en las aulas y mucho menos en el segundo piso durante los recreos largos. Nos gustaba mucho un pasillo súper pequeñito entre las escaleras y el pasillo principal.
A mitad del almuerzo una Sor, así le decimos a las monjas, subió con unas carpetas en la mano. No la conocíamos, pero se nos hacía familiar. Esperamos un regaño apenas nos vio, pero tan sólo nos saludó con una sonrisa y se metió a un aula multiusos para último ciclo en las que se impartía biología, religión y psicología. Nos relajamos por la ausencia de una reprimenda y empezamos a conversar sobre los profesores y Sores permisivos que hacían la vida estudiantil más brillante.
Cinco o diez minutos después otra Sor subió. Ella más bien nos miró seriamente y de inmediato nos dijo que no debíamos estar en los pasillos a esa hora y que era mejor que bajáramos. Le respondimos “pero, Sor Gabi, otra Sor nos vio hace rato y no nos dijo nada”. Ella nos preguntó el nombre para retarnos. Le dijimos la verdad: “no sabemos cómo se llama, pero está en biología. Se metió hace ratito y no ha salido”.
Ni lenta ni perezosa ella fue a ver al aula y nos miró buscando explicaciones de por qué el aula estaba vacía. “Pero ahí estaba, Sor Gabi, no ha salido desde que entró hace como cinco minutos. Llevaba hasta una carpeta, creo que iba a corregir exámenes”. Sor Gabi al instante cambió su rostro a uno más comprensivo. Nos dijo que no volviéramos a estar en los pasillos a la hora del almuerzo y se dio media vuelta para seguir su camino hacia el aula de profesores. Carolina, apenas perdimos de vista a Sor Gabi, nos dijo con su tono más chabacano “maes, ahorita que lo pienso, a mí me parece que no vi pies en la Sor que entró al aula. Me pareció que fue cosa mía, pero ya vi que no”. Maricarmen se sacudió en ese momento “no me diga eso, Mari, yo juraba que había visto mal. Sólo me acuerdo de los zapatos de Sor Gabi”.
A diferencia de mis amigas, el suceso me hizo cuestionarme por qué se nos hizo conocida aquella Sor. Desde el principio, cuando nos alegramos de que no nos ordenara bajar, estuvimos de acuerdo en que daba clases a las de último año y que normalmente estaba cerca de esos grupos durante los actos cívicos. No pudimos localizarla más después de aquello, lo que nos causó severas dudas. Creo que es una de tantas preguntas sin respuesta, del mismo modo que la incógnita del piano que solíamos escuchar en el aula de música, incluso cuando al viejo instrumento se lo llevaban para reparar.
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➤ Egeria es una escritora costarricense cuya trayectoria estuvo relegada su uso personal hasta hace poco. Es jefa administrativa de la revista digital Retazos de Ficción, en la cual ha empezado a compartir sus obras.
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