La mente de un cuerpo sin ritmo

Ilustración de yan Meng

escrito por Alexandra Valezca Alpízar Escobar*

    Vivir en un hospital no es tan malo. Bueno, al menos eso me decía constantemente para consolarme a mí mismo. En mi caso particular es más bien un laboratorio, pero porque está montado en un hospital lo sigo llamando de tal forma. A pesar de que son dolorosos varios de los exámenes y no se puede entrar en cualquier lugar como lo haría en casa, después de los primeros meses ya el estrés ha bajado en cantidad considerable. Tuve suerte. Me alegra no haber estado solo; gracias a la petición de Vania, los médicos permitieron que mi hermano se quedara conmigo.

    Sé que para Santiago fue frustrante estar todo el tiempo tan restringido. Él ni siquiera era mayor de edad cuando enfermé y su único cuidador se convirtió en una carga. Estaba fuera de mi control hacer algo, tener culpa no es lógico. A papá y mamá los consumió esta enfermedad horrible y la ciudad tiene pocas leyes desde que nos azotó la crisis hace seis años. El tiempo va desordenado, sin un ritmo fijo. Estando dentro en ocasiones es veloz como el mundo externo y también puede sentirse horriblemente lento.

    Después de que nos rescataron, Santiago estuvo por completo al pendiente de mí los primeros meses. Luego empezó a ayudar a las enfermeras para justificar su estadía. A los dueños del hospital no les gusta que los que no están enfermos anden por ahí sin verse útiles. Hace un par de años se volvió un guardia nocturno. Me siento orgulloso de él porque prosperó pese a nuestra situación; él ya había aceptado que no podía seguir su sueño de ser odontólogo por la ausencia de universidades.

    Yo no podía hacer la gran cosa. Perdí la capacidad de hablar, por lo que hasta me era imposible seguir cantando. A día de hoy lo sigue siendo. Apenas hago ruidos; un bebé articula mejor. Mi habilidad motriz también se echó a perder. En ese tiempo, y ahora, sigo siendo incapaz de escribir, no así de leer. Aunque, lo admito, de poco me sirve si no agarro bien un libro y mis manos no son competentes para seguir ninguna partitura.

    En un rincón de mi habitación estaba mi marimba junto con un cajón de maracas que coleccionaba. Santiago hizo un esfuerzo en traerlos para ayudarme, pero parece que a los médicos no les gustó que yo pudiera sostener los mazos y de pronto tocar como si fuera un niño jugando a la orquesta. De hecho, no les gustaba que yo no fuera un humano civilizado debido a mi enfermedad; ni siquiera contando el hecho de que no era tan peligroso como la gran mayoría.

    Pero no debería quejarme. Yo era un número de expediente, no un paciente normal. Con tantos enfermos y personal médico era lógico que sólo Santiago y algunas personas recordaran mi nombre. Vania nos había permitido decorar mi habitación; siendo jefa de enfermería, muy pocos podrían habérselo evitado. Algo pequeño, apenas simbólico para hacer la pantomima. En la cabecera de la camilla Santiago escribió con marcadores «Alonso». Vania incluso le puso notas musicales con colores para que se viera más personal. Si ella no fuera al menos quince años mayor que nosotros, me habría gustado como compañera o como cuñada.

    Poco después de cumplir tres años en el hospital, Santiago me consiguió una pandereta y un güiro. Tampoco los puedo usar bien, pero si él también era torpe con la melodía, parecía que el desorden era a propósito. Su gusto por la música siempre fue menor que el mío. Mientras yo estaba estudiando ingeniería de sonido, mi adolescente hermanito soñaba con curarle los dientes a las personas. Eso nunca se lo entendí, pero lo apoyé de todas maneras.

    Supongo que lo consentí mucho en su momento, por eso me estuvo acompañando siempre en la parte más tediosa, y a veces dolorosa, de mis días. Él buscaba en su teléfono canciones para leérmelas en voz alta mientras que varios médicos me revisaban de pies a cabeza hasta el mediodía. Era algo bueno que todavía se mantuvieran ciertas redes de comunicaciones. No pensaban lo mismo los demás, les molestaba que Santiago abriera la boca en los laboratorios, pero lo permitían para que yo cooperara.

    Recordaré por mucho tiempo la rutina que pocas veces me dejaba días libres a la semana. Cada mañana un enfermero traía el desayuno. Era lo primero para que pudiera colaborar y no causar problemas. Luego me bañaba porque yo no lo hacía bien solo; sigo sin hacerlo. Aquello dejó de ser vergonzoso como a las tres semanas de haber llegado. Al terminar, Santiago me llevaba de la mano a una sección bastante más sofisticada que el resto del hospital. Era incluso más pálido que el resto del edificio, de baldosas paliduchas, concreto y metal, todo con olor a químicos de limpieza. Se sentía entrar en un pequeño mundo donde no quieren que te quedes más que el tiempo que te necesitan para su colecta de información.

    Nos habían dicho que eran laboratorios especiales para cada examen, pero lo de «especial» sólo era para suavizar. Yo sabía que era objeto de experimentación.

    Allí todos usaban protección extra para no infectarse. Revisaban mis signos vitales primero, eso no era tan malo. Luego se aseguraban de que seguía sintiendo las piernas y brazos, y si tenían reflejos. Un par de veces le di una patada a un médico por golpear muy fuerte, también un puñetazo a una enfermera por querer echar a mi hermano de la sala. Quizá fui sobreprotector esa última ocasión, aunque Santiago me dijo que esas reacciones exageradas son por la enfermedad y que no debía sentirme culpable. Había comentado algo sobre el cerebro y sus inhibidores, pero no entendí muy bien, sólo sé que los guardias se me tiraron encima en cada ocasión y me dejaron adolorido.

    Intenté esforzarme porque no volviera a suceder, dentro de lo que puedo controlar de mi cuerpo, esos incidentes ponían mal a Santiago. Hubiera sido más sencillo si los médicos no fueran tan bruscos. Yo estaba ahí voluntariamente, no como un enfermo peligroso que intenta atacar a cualquier individuo que se le cruce. No iba a escapar ni a lastimar por gusto.

    En esos salones también revisaban toda mi piel. Debían asegurarse de que no tuviera llagas, heridas, moretones ni cualquier coloración extraña; además de mantener mis uñas cortas para que no hiriera a nadie si perdía el control. Ni mis profesores fueron tan estrictos con los equipos de sonido, y eso que son cosas delicadísimas. Un mal ajuste arruina una perfecta armonía e incluso puede dañarle los oídos a alguien; un moretón en un cuerpo ya enfermo y con poco control de su propio dueño…, esa preocupación ya no la entiendo.

    Al final tomaban muestras de sangre y, cada mes, de otros fluidos corporales. De vez en cuando tomaban un par de centímetros de piel de mis brazos o piernas, o me hacían resonancias magnéticas. Ninguno de estos exámenes me gustó nunca. Santiago es el único al que no ataqué jamás cuando me amarraban a una camilla, así que él se encargaba de ello mientras yo hacía ritmos con la boca. Él me pedía que inventara algo para que me distrajera, aunque sonara feísimo, luego continuaba conmigo hasta que llegaban los médicos con una carretilla, aguja y sus frascos para sangre o tejidos. Mi sangre tiene un rojo un poco más oscuro que cuando estaba sano.

    A veces tenían que sedarme no sólo para que me quedara quieto en las resonancias, los espasmos musculares son problemáticos en ese sentido. No es porque quisiera provocar problemas, sino porque había médicos que disfrutaban que a mí me dolieran los exámenes. Me dejaron entrever que estaban molestos por la situación, que odiaban a los que estábamos infectados. Tendré sus caras bien grabadas por mucho tiempo, verlos me hacía entrar en actitud defensiva. Ocultarme detrás de mi hermano no me sirvió en ninguna ocasión, lo apartaban golpeándolo o amenazándolo. Vania intentaba estar con los enfermos cuando esos médicos estaban de turno, se controlaban más con su presencia. No tuve oportunidad alguna de entender el motivo, pero lo agradecía.

    Después de terminar volvían a darme de comer. En ocasiones con pastillas o vacunas experimentales que Santiago me ponía si me había portado bien, pues él no tenía que atarme ni luchar contra mis instintos inhumanos. Era un premio que aquello lo hiciera mi hermano, según los superiores. La comida de hospital es muy sabrosa, tengo que admitirlo; quizá a algunos no les gusta porque nadie entrega hamburguesas con papas a sus pacientes. En mi opinión, me vale casi cualquier cosa con tal de sacarme el hambre. Desde que enfermé mi apetito es mayor, incluso me daban bocadillos en medio de mis revisiones matutinas.

    Las carnes siguen siendo mi comida favorita. Me siento genial cuando quedo satisfecho. Beber agua no es como antes, sigue sin dárseme bien agarrar los vasos. En cada comida bebía mucha agua con ayuda de mi hermano o alguna enfermera, y así me ahorraba trabajo entre horas. Al personal no les gustaba que bebiera como un perro, aunque fuera lo más fácil para mí. No entiendo por qué les molesta, no es que yo lo quiera y realmente me gustaría beber como una persona normal. Es mi cuerpo el que no obedece a todas mis órdenes.

    El agua hace un ruido extraño al chapotear, algo que perfectamente hubiera usado uno de mis amigos de la universidad para componer mezclas experimentales. Era entretenido escuchar a Paco y también acompañar sus composiciones con alguna percusión. Espero que él siga sano en alguna ciudadela.
Después de comer me dejaban rondar por el lugar siempre y cuando no causara problemas. Estaba vigilado por un guardia, incluso con Santiago cerca. Me vestían con batas dentro y fuera del laboratorio; no son malas si realmente no uno no se presentará ante nadie, además, son comodísimas. Perfectas si se tienen que usar correas.

    Llegué a ignorar que todo el tiempo tenía que llevar agarraderas de cuero y metal en las muñecas y tobillos. Una regla para los enfermos de mi tipo. No lastimaban por lo general, aunque sí hacían sentir mal a Santiago. Podía entender que no le gustaran; si se las hubieran puesto a él, yo habría llorado de la impotencia. Su propósito era simple: si perdía el control de mí mismo, los guardias sólo tendrían que derribarme y enganchar sus cuerdas en cada extremidad para inmovilizarme. Las llevaban siempre en el cinturón.

    Al principio sucedió seguido y, además, tenía que usar un bozal que sólo me quitaban para alimentarme. Los ruidos fuertes, el instinto de comer o de querer protegerme, no terminar de entender las intenciones de las personas sanas, incluso mi propia frustración cuanto más me daba cuenta de que perdí gran parte de mi humanidad… El primer verano trajo a los árboles del patio unas aves con un canto precioso. Quise crear un complemento con un ritmo usando las palmas, lo cual fracasó, así que empecé a gritar. Los gritos de los enfermos suenan peor que un violín desafinado y mal tocado, así que casi creyeron que me volví peligroso.

    Luego de sedantes y una semana restringido en mi cama, me esforcé por ignorar muchas cosas. Vania le ayudó a Santiago a no sentirse solo; era muy abnegada con los familiares de los enfermos. Recuerdo que fue ella quien insistió siempre en que los familiares o amigos pudieran quedarse incluso pasado el tiempo de adaptación para los enfermos. No éramos muchos. Creo que una docena. A cuatro de ellos Vania les había asignado cuidadores voluntarios para no dejarlos en soledad. También ella era la causa de que el pabellón de los enfermos fuera barrido todos los días para mantener algo de aseo y buen aspecto, decía que no podíamos vivir en un sitio tan cochino como las calles abandonadas del exterior.

    Regresé al patio después de ganarme la confianza del personal otra vez. Decidí no escuchar la naturaleza. A veces sólo corría alrededor, y en otras ocasiones perseguía una ardilla hasta que no la encontrara. Ahora que lo pienso, suena aburrido, pero no creo que lo haya sido. En un hospital hay pocas cosas en qué gastar energía, así que la sensación de moverse es liberadora. Me sentía mejor después de cansarme a mí mismo.

    Todavía seguía intentando recuperar una pizca de mi música. En mi cabeza recuerdo todo. El detalle es que por fuera no soy el mismo y mi cuerpo no me obedece por completo. Una tablilla de la marimba estaba rota porque un día estaba tan frustrado que, cuando me di cuenta, la había golpeado fuertísimo con el largo del mazo. Santiago me dijo un día que había intentado encontrar a alguien que pudiera repararla; como no es una labor imprescindible para sobrevivir frente a una catástrofe biológica, no encontró a nadie. Además, muchos de nuestros conocidos sucumbieron ante la enfermedad o fueron asesinados por los enfermos.

    Aquellos, al igual que nuestros padres, no tuvieron nuestra suerte. Parece que olvidaron por completo quiénes eran y por eso no pueden recibirlos en ningún hospital ni centro de investigación. Puedo comprender a enfermos de mi tipo, pero los otros son inentendibles. No razonan con nadie, ni entre ellos mismos. Incluso sus cuerpos se ven como deformados y los ojos parecen de animales salvajes en plena cacería. Todos ellos son peligrosos.

    Hay que evitarlos, incluso matarlos. Esa siempre fue la norma desde las primeras semanas, pero al principio casi nadie se atrevía. Me vi forzado a atacar a varios de ellos cuando Santiago y yo seguíamos tratando de sobrevivir solos en medio del caos creciente. Es extraña la contradicción de no temer defenderte y al mismo tiempo sentir repulsión por las manos y boca llenas de sangre… En varias ocasiones me supo a comida…, comida buena.

    Muy pocos son como yo. Fui el segundo de mi tipo que encontraron. Vania, quien puede ser tan dulce como estricta, me dijo un día que no sólo se trata de suerte. Ella nos comentó que es evangélica, y pensaba que como fueron los humanos en provocar este desastre, nosotros mismos tenemos que arreglarlo poniendo de nuestro esfuerzo. Ella cree con firmeza que casos como el mío fuimos una pequeña ayuda de Dios, que incluso su fortaleza mental provenía de ese ser magnificente que ella ama.

    Santiago nunca dijo nada al respecto. Jamás me dio a entender si le creía o no. Yo sigo pensando que tiene algo de razón. Nunca fui religioso, pero esa mujer tiene algo especial. La misma esencia agradable que tenía un compañero con una fe católica bastante firme. Su amabilidad es diferente y la esperanza que guarda no parece lógica con todo lo que ha debido ver. Creo que es de las personas que incluso en el momento más terrible podría encontrar algo bueno o resolverlo a la larga. Parece una mezcla de mis padres; mi mamá era quien resolvía y mi papá encontraba la manera de aligerar las cosas para mantener la calma.

    Vania era de las pocas personas en el hospital que se atrevía a hablarme como si estuviera sano. Me resultaba curioso que no me afectara tanto porque, si no tuviera esta enfermedad, seguro me habría hecho sentir pésimo que me trataran con recelo, repulsión, odio o a veces con miedo. Sé que es mi enfermedad, no yo quien hace ruidos tétricos y gestos poco amistosos. Lo que de verdad me molesta es cómo tratan a mi hermano y cómo él se entristece por haberme convertido en un conejillo de indias.

    En ocasiones me pregunto si así se habrán sentido las personas con enfermedades crónicas internadas constantemente en los hospitales y centros de cuidados paliativos. Una mezcla de frustración con resignación. Me cuestioné muchas veces si hice lo correcto al aceptar venir a este lugar.

    Intenté componer una canción para alegar a Santiago. Durante una semana probé tocar mis instrumentos hasta encontrar cuál sería el indicado. Decidí que sería la marimba y en intervalos usaría las maracas. A él le gustaban las composiciones animadas, alegres para escuchar de fondo mientras se divertía con sus amigos. Él no salía mucho antes del desastre, con frecuencia traía a sus colegas para jugar videojuegos y naipes, y me pedía prestado el estéreo para llenar de música la sala. También jugaba con su teléfono mientras me escuchaba componer; siendo sus favoritas las piezas más movidas. Por ello no me eran ajenos sus gustos.

    Yo aún veía más en Santiago un chiquillo que el adulto en el que se estaba convirtiendo. Aunque no fuera de aquel modo, me preocupó que de pronto lucía más afligido de lo usual. Me había dicho que los científicos del laboratorio pensaban concentrarse en una vacuna preventiva en vez de una curativa. Él sabía cuándo entiendo algo y cuándo no, así que me explicó a detalle: Los que manejaban el hospital ya no querían curarme a mí ni a ninguno de los enfermos. Aseguraban que no había manera de revertir los estragos del virus y que sólo quedaba que los familiares se acostumbraran a tenernos infectados o, como otra opción, dejarnos a la libre y considerarnos muertos.

    Los médicos le habían puesto una vacuna a Santiago. Al principio le dijeron que era un refuerzo vitamínico, y luego le inyectaron otra a los pocos días. Dijo que se sintió enfermo durante un par de días, engripado, y luego estuvo como nuevo. A mí tampoco me pareció raro verlo así; que un virus predomine, no significaba que otras enfermedades no continuaran existiendo. Hasta hacía poco le habían explicado en qué consistieron verdaderamente ambas vacunas.

    Me es claro que la violencia me domina desde que convivo con este virus. Esa ocasión, empero, el haber destruido la maraca que tenía en las manos pudo suceder sin patógenos de por medio. Sé que nadie en ese lugar nos debía nada, pero se suponía que yo era el experimento y no Santiago. Yo acepté ser investigado para que encontraran una cura y mi hermano viviera más seguro. Acepté la posibilidad de morir por experimentos que salieran mal. Tres de mi tipo habían muerto a causa de tratamientos en desarrollo mientras que yo tan sólo estuve delirando un par semanas atado a mi cama; y, aun así, continué para que Santiago no tuviera que sobrevivir afuera. A mí me debían llenar de agujas y medicamentos raros; a cambio, él podía tener una vida lo más normal que se pudiera.

    A mí no me interesaba nada que la vacuna haya sido efectiva. Mucho menos que el sistema inmune de Santiago se haya reforzado contra el virus que arruinó nuestra sociedad. Si no hubiera resultado bien, ¿quién me aseguraba que también tuviera cierto control como yo o que no le iban a disparar a la cabeza si resultaba un enfermo común? Sucedió antes a una mujer de mi edad por un accidente en el laboratorio. Su familiar, enfermo como yo, debió ser sacrificado porque perdió el control de sí mismo al ver que ella se tornó salvaje, incontrolable e inhumana. Vania les dio a sus cenizas santa sepultura en el patio.

    Los corazones tienen un bonito ritmo para latir. Son armoniosos y constantes; un pulso inteligente y fluido que puede ser utilizado para componer música. Yo ya había escuchado el ritmo de mi hermano; y en ese momento caí en la cuenta de que los investigadores podían detenerlo sin avisarme. El hecho de que él se hubiera vuelto inmune al virus no significaba una victoria completa. Aún debían investigar más porque otras pruebas terminaron en nuevos enfermos de mi tipo.

    Santiago tardó en calmarme. Creo que lo asusté un poco. No pude evitarlo, las emociones fuertes dominan mi cuerpo. Un impulso me motivaba a terminar con quien había incluido a mi hermano en los experimentos. Tuvieron que sedarme.

    Cuando me desperté, ya estaban encendidas las luces de los pasillos y por la ventana se veían las hileras de farolas públicas. Algunos servicios consiguieron reestablecerse y ser estabilizados pasado un año del brote inicial. Incluso algunas industrias seguían operando. La agricultura y ganadería regresaron a los dos años, aunque ya en un nuevo sistema de intercambio de bienes y servicios entre centros de control, empresas sobrevivientes y ciudadelas.

    Santiago no fue a trabajar aquella noche. Estaba a mi lado con una bandeja de comida, la cual devoré al olerla. Me explicó que se tomó el día porque ya no quería trabajar para esos científicos y mucho menos seguir viviendo allí. Él pensaba buscar refugio en alguna ciudadela, una de las muchas que en años se formaron por un gobierno inefectivo y neutralizado por causa de la crisis. Me estaba pidiendo permiso para irse del hospital, dijo que me enviaría cartas, que no me olvidaría si lo dejaba irse. En cambio, si yo no estaba feliz con la idea, él se quedaría para seguir acompañándome, pero buscaría otro quehacer.

    Esa vez enmudecí. Reafirmar la alta posibilidad de no tener más contacto con mi única familia fue una sensación terrible. Se me estrujó el corazón, pero no lloré. Vi la tristeza de quien debió depender de mí hasta que estuviera listo. No podía retener a Santiago. Él se sentía atrapado y yo no me hubiera perdonado hacer que su frustración aumentara. Soy lo suficientemente grande para soportar que él se independice, así que le hice saber, a como pude, que no me enojaría con él si lo que quería era buscarse su propia vida en el exterior. Una vida real.

    Él me abrazó prometiéndome que encontraría la manera de volver a conversar conmigo. Hice lo que pude con las manos, me servían más para atacar y cazar, así que fue complicado devolverle el gesto. Siempre fue difícil cada vez que Santiago necesitó consuelo de su hermano convertido en algo más bajo que una persona. Me agradeció por permitirle irse. También me prometió que se cuidaría y que no sería imprudente.

    Horas después entendí por qué me confesó todo con tanta calma inicial. Simplemente había aceptado que las pruebas con mi sangre fueron probadas en él y ya había llegado el colmo de vivir en un recinto estéril lleno de controles. También comprendí que abandonar la búsqueda de una cura fue una decisión más bien vieja. Yo lo acepté. Era lo mejor para Santiago, aunque me doliera tanto como para dejar de practicar mi música.

    Escapó la noche después. Que le abrieran las puetas requería de permisos y nadie salía del hospital sin acompañamiento militar, por ello salió en secreto. Antes de irse me dijo que no podía llevarme para evitar que me tomaran por un enfermo peligroso. Seguro que no éramos los únicos conejillos de indias; había muchos hospitales alrededor del mundo y bases militares especializadas.

    Por tal razón me mantuve con dignidad cooperando con los exámenes. Sé que los investigadores me necesitaban y por eso continuaron siendo como antes, al menos los normales; algunos disfrutaron que Santiago ya no estuviera allí. Estuve amarrado durante casi todos los estudios porque ya no había quién me frenara con tanta efectividad. Después de que gruñí una vez a alguien que llamó malagradecido a mi hermano, el bozal regresó.

    De pronto la vida en aquel lugar se volvió como un instrumento desafinado. Me recordaba a cuando mis compañeros probaban los tambores de las bodegas y estaban tan flojos que el sonido salía seco y apagado. Comer se tornó en una tarea mecánica para no antojarme de las vísceras de los médicos. La canción que pensaba para Santiago quedó a medias, no importaba si trataba de retomarla. Tocaba muy pocas veces a la semana, con desgano. Vania me escuchó un par de ocasiones. Me dijo que no perdiera mi ritmo y que esperara alguna carta de mi hermano, que ella me la leería con gusto.

    No sé qué clase de plan secreto hizo Santiago con ella o con quienes le ayudaron a escabullirse fuera del muro del hospital, pero ni la sola fantasía de una visita me contentaba. Ni siquiera podía pensar escenarios donde fuera normal o en mujeres. No tenía sentido en fantasear con citas si ninguna mujer en su sano juicio saldría con un infectado.

    Los enfermos como yo no somos mezclados con otros y mucho menos con el sexo opuesto. No existe freno de impulso sexual para ninguno…, tampoco la garantía de un hijo sano, pues los dos que ya habían nacido resultaron enfermos. A veces me imaginaba qué habría pasado si le hubiera dedicado una canción a Susana en vez de acobardarme por lo adorable que era. Espero nunca tener que verla convertida en una cosa desagradable e irracional. Desde que el virus se filtró en nuestro país, no supe más de ella.

    Ejecutar un solo perfecto es fantástico. Vivir en soledad es corrosivo.

    Si lo pienso bien, ese fue el segundo año más frustrante de mi vida. El primero estaba fechado desde los días en que empezó el brote. Mis padres fueron contagiados pronto y tuve que pelear contra ambos para que no devoraran a mi hermano. Mis batas solían ser de manga larga para que Santiago no me viera los brazos repletos de cicatrices. Incluso me habían arrancado pedazos de carne del brazo izquierdo. Tuve mucha suerte de que el daño se quedara en lo estético, soy zurdo. No los vimos más desde que conseguí sacarlos de nuestra casa.

    Caí enfermo por causa de las heridas. Durante las horas siguientes fui perdiendo el control de mi cuerpo hasta ser lo que soy ahora. Santiago me protegió porque no me abalancé sobre él de buenas a primeras. Todavía me veía con miedo, pero recuperé su confianza cuando me lancé al cuello de dos enfermos peligrosos que querían devorarlo. Ellos atacan no sólo por comida o por sentirse amenazados, atacan por cualquier motivo y engullen tanto que vomitan sin querer, sólo para volver a llenarse de comida hasta que se aburren o algo más los distrae. Poco después tuvimos que adaptarnos al hospital, justo cuando un médico del ejército me halló siguiendo órdenes de Santiago y una superviviente con la que nos habíamos encontrado para salir de una zona infestada. Esa mujer no pudo venir con nosotros al hospital.

    Vania me comentó durante esos meses que Santiago estaba bien. Me enseñó algunas notas del puño y letra de mi hermano; él decía que se había instalado en un lugar más cómodo. Me pedía que no me preocupara porque tal vez un día me visitaría. Esos mensajes esporádicos, cortos, no menguaron mi decaimiento. De pronto el hospital era más grande e impersonal que antes. Me llegué a preguntar si siempre estuvieron allí las manchas marrones en las baldosas en las paredes. No se desperdiciaban los insumos de limpieza en nuestra área.

    Pese a ello, traté de seguir con las rutinas establecidas.

    Las cosas volvieron a cambiar cuando un día resonaron las alarmas de emergencia del complejo. Significaba que algún infectado había contagiado a alguien o que un trabajador regresó del exterior enfermo. Ya había sucedido en algunas ocasiones antes. El protocolo indicaba que los médicos en planta encerrarían con llave a los «pacientes», incluyéndome, y luego se refugiarían a sí mismos en una sala dedicada al personal. Dormir con el alboroto era imposible, así que en tales emergencias hacía ruido con mi boca y tocaba.

    Me gustaba jugar con el tempo. Tomé la pandereta esa vez. Decidí usar como marcador las alarmas que continuaban sonando. Mover la cabeza y los pies siguiendo la melodía me calmaba. Por instantes me olvidaba dónde estaba. Cada golpeteo tenía un motivo de ser incluso con mi cuerpo ejecutándolo mal. Si me concentraba, podía visualizarlo en mi cabeza y sentirme tocar como antes.

    Un ruido terrible interrumpió mi concierto privado. Alguien golpeó la puerta con fuerza. El recelo e incertidumbre tomaron ventaja. Tensé el puño en la pandereta. Gruñí ante otro azote, me preparé para atacar al intruso. Si era un enfermo, este atacaría desordenado y yo tendría las de ganar. Me pulsó rápido el corazón con otro golpe, ahora con gritos externos.

    La puerta cedió con un último porrazo. Corrí para atacar. Una voz me detuvo a tiempo de estampar la pandereta en su cabeza. Era Santiago.

    Mi hermano estaba allí cubierto de ropa oscura y armas. Lo abracé hasta que él me separó; quería que corriera. Me prometió que hablaríamos luego. Confié en su firmeza.

    Tres personas más estaban vestidas como él y corrían cerca de nosotros por los pasillos. Uno de ellos llevaba de la mano a una mujer en mi condición. Ella me miró por un momento mientras nos escabullíamos. Emitió un balbuceo. La entendí, también tenía miedo.

    Topamos con un grupo de guardias. Pidieron que Santiago bajara su arma. Pronto escuché disparos. Santiago le llenó de heridas los brazos; sus compañeros redujeron a otros más. En ese momento sentí pánico y un temblor en mis manos. Repentinamente cada sonido fue más estrepitoso y cada luz me pareció más intensa; como estar en una discoteca terrible sin armonía que acalla los pensamientos.

    Un médico entrenado intentó derribar a mi hermano, así que me lancé sobre él. No contuve mi fuerza para apartarlo y luego golpearle la cabeza contra el suelo y luego otra vez y otra vez y otra vez. Rápido escuché un grito y vi a una enfermera apuntarme con un arma. Le rugí como un monstruo. Ella falló su disparo, lo que me permitió atacarla. Rompí sus manos antes de que Santiago me llamara para continuar huyendo.

    Pasillo, puerta, pasillo, pasillo, balas, pasillo… Fue muy rápido todo y llegó un punto donde sólo acaté las órdenes de Santiago y su equipo. Vi por el camino varios enfermos causar desorden y colándose en lugares donde yo jamás tuve permiso de ingresar. Eso no debía preocuparle a nadie, cualquier suero e información importante ya los habrían puesto bajo capas de puertas de metal; así dictaba el protocolo de emergencia.

    Santiago resultó herido, al igual que la mujer como yo. Pensé por poco que seríamos abandonados por eso, pero no sucedió. Fuera del hospital nos encontramos con un equipo más grande. Vendaron las manos de ella y cerraron la pantorrilla de mi hermano. Ambas heridas de bala.

    Todos habían venido de una ciudadela a una hora del hospital. Esa noche sacaron a otros cuatro como yo y se unieron varios trabajadores que llevaron algunas cajas de suministros especiales. Los reconocí a casi todos. En especial me alegré por Vania. Ella se juntó con el médico principal del centro clínico de la ciudadela para asegurarse de que todo estuviera en orden.

    La gran jefa de enfermería me dijo, mientras revisaba la pierna de Santiago, que había una serie de conspiraciones internas entre los directores del hospital con otras entidades que aún ostentaban poder. Ya no era seguro siquiera para los experimentos. Las mutaciones del virus impedirían alguna cura definitiva por el momento, así que era improbable que yo hubiera salido de allí en muchos años. De todas formas, buscar una cura no era la prioridad actual, sino la inmunidad de los sanos.

    La alta política no es lo mío, me resulta como un coro sin dirección. Yo preferí concentrar la mente en que debía ocultarme de personas sospechosas y cuidar a mi hermano en recuperación. Dijeron que yo ayudaría con la seguridad. Empezaría cuando me asegurara de que Santiago estuviera sano. El recelo general continuaba en el fondo de mis instintos; sin embargo, la manera de relacionarse allí y las modificaciones estructurales me dieron a entender algo: Tenía mayor oportunidad de defender a Santiago si algo malo ocurría, sobre todo porque él también era parte del equipo de protección y vigilancia.

    La ciudadela estaba formada por un complejo de edificios departamentales junto con algunas casas y comercios rodeados de barricadas.

    Santiago no estaba triste. Hasta parecía otra vez un chiquillo a ratos; apenas un remanente, como parte de su personalidad. No podía negar que la adultez le había llegado ya. Él tenía un grupo de amigos con los cuales practicaba defenderse de los enfermos peligrosos; una de ellas era muy bonita y cercana a él, me agradó mucho. De nuevo podía consentirlo, aunque fuera un poco, a mi manera. Incluso terminé la canción que había planeado para alegrarlo.

    Cuando su médica lo dio de alta definitivamente, logré hacerle una sorpresa. Él estaba ansioso por regresar a su quehacer, pero conseguí que sus amigos lo arrastraran a un rato de celebración. Uno de ellos había conseguido una botella de vino de la bodega principal; otro tardó media hora en interpretar mis gestos cuando le pedí instrumentos musicales. Tuvo que llamar a Vania para que hiciera de intérprete.

    Fue complicado pensar en cómo adaptar algo que sólo sonaba bien en mi cabeza con otras herramientas, aunque obtuve un resultado satisfactorio. Le enseñé a tocar a ese grupito revoltoso lo que pudieron encontrar: un xilófono para niños, un redoblante que apenas pudimos ajustar, unos timbales con baquetas improvisadas y dos pares de maracas. Suficiente para crear algo con calidad.

    Santiago se echó a reír apenas vio la banda improvisada. Entonces empecé a marcar el ritmo con una caja de verduras que me servía de cajón peruano. Utilicé como base el corazón de mi hermano. Cuando recién habíamos llegado al hospital un enfermero me permitió una vez usar el estetoscopio. Escuché mis latidos y los latidos de Santiago. Descubrí que mi ritmo era más lento que el suyo. Luego entendí que era otra prueba para ver qué tanto entendía y recordaba antes de haber sido infectado; hace mucho decidí omitir ese detalle.

    Se unió el redoblante, luego el xilófono. Al rato le hice una señal a los timbales y pronto a las maracas. Santiago empezó a aplaudir mientras movía la cabeza. Algunos de los habitantes de la ciudadela se unieron al escuchar nuestra música. Pese a ser algo nuevo, les gustó escuchar. Casi había olvidado lo que era tocar en grupo, divertirme con varias personas en la música. Creo que fui yo quien disfrutó más de esa canción que mi propio hermano.

    Continuamos tocando más piezas a petición del público. Una señora incluso trajo una flauta para unírsenos y, conjuntamente, también llamó a un hombre que había podido conservar su ukelele. Otros cantaron, bien o mal, pero con el espíritu en la voz.

    Tuvieron que traer más vino y hasta comida esa noche. Santiago se sentó a mi lado tocando dos varillas como si fueran baquetas. Sonreía de oreja a oreja, bromeaba y cantaba siguiendo mi ritmo. Él estaba feliz… y yo también.

    Con la crisis viral, bajar la guardia para el tiempo de ocio no era común, así que me di por complacido al ver a tantos sobrevivientes gozar un rato de armonía. Ya en la mañana podrían continuar con la vida estricta y laboriosa.

    Pese a haber recordado tanto, sigo sin poder dormir. Tampoco es que le diga todo lo que pienso a alguien más que a mí. No había tenido una noche tan fascinante en muchísimo tiempo; tal vez por eso tengo este monólogo interno para explicarme a mí mismo las cosas. Para hablarme en confianza porque perdí mi voz externa. No quisiera olvidar nada, las sensaciones vibran en mi memoria, cada una con su propio compás.

    Después de la fiesta sólo quedaron despiertos los guardias nocturnos, el resto cada quien a sus alcobas. Comparto la litera con mi hermano. No hay correas en mis extremidades, tampoco en mi cama. El colega de Vania me aseguró que no usarían bozales conmigo y lo han cumplido. Disfruto mucho la sensación de no tener nada que me inmovilice. Ya está desapareciendo el fantasma de las agujas en mis brazos. Santiago me ha estado enseñando a usar ropa normal otra vez porque no quería verme usar batas de hospital. Si cierro los ojos, la cama sobre mí ya no se convierte en el techo de los laboratorios; en cambio, nada más sé que allí está durmiendo mi hermanito y él no me teme.

    Mi cabecera no tiene ninguna tabla con mi código numérico ni datos médicos. Santiago etiquetó la madera de la litera con pintura para ambos antes de ir a buscarme hace semanas. Dice «Alonso» y está decorado con una marimba rodeada de maracas y notas musicales. Intenté decorar su nombre en retribución, pero ahora es gracioso que un intento de control para videojuegos parezca más bien un dibujo abstracto el cual es todo menos lo que se supone que es. A Santiago le hizo gracia, dijo que le gustaba.

    La habitación no tiene atriles, sino un sofá viejo y un armario con nuestra ropa llena de pegatinas y algunas figuras de personajes de videojuegos. Santiago me contó que se las ganó a un colega de seguridad jugando a las cartas.

    Quizá no duerma esta noche. Me resuena internamente el sonido de mi marimba. Su percusión es a ratos suave y a otros frenética. Tal vez algún día pueda por fin externar de nuevo las piezas que forman cada sensación que experimento. Hoy descubrí que tengo avances. Mientras tanto, creo que aprovecharé que hay más silencio en la noche para disfrutarlos mejor en mi mente.

    Ya no tengo la necesidad de mentirme a mí mismo afirmando que la vida en un hospital o en un laboratorio no es tan mala. Incluso, ahora puedo decirme que eso no era vida. En cambio, en la ciudadela me siento útil y nadie está vigilándome todo el tiempo esperando que cometa un error para abalanzarse sobre mí. No es perfecta, nada lo es, pero esta es una vida real. Lo sé porque acepta mi música y me permite ver a mi familia sonriendo sin tener que sufrir dolor a diario. Lo que tengo ahora es lo mejor para mí.

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    * Srita. Alexandra Valezca Alpízar Escobar, estudiante de Filología Clásica y del TC-505 “Estrategias para la promoción de la salud mental desde un enfoque de los derechos humanos”, 2023. Correo institucional: ALEXANDRA.ALPIZAR@ucr.ac.cr

    ** Pseudónimo de escritora: Alex VAE.

    **Pueden encontrarla en su blog sobre escrito-lectura Consejos de una beta reader, X (Twitter), Facebook e Instagram.

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