El secreto de Atac y la Reina Roja

Foto de A. Tokovinine (Proyecto arqueológico Holmul, CMHI Harvard University)

escrito por Sylvette Cabrera Nieves

    “Existen otros mundos, otros seres y otras formas de entender la existencia”
-Javier López

    Aunque estuviera convencido de que ya no podía hacer nada para librarse de aquello que miraba entrar por la ventana de la habitación, Onilatac decidió seguir así, inmóvil, mirando y ajustándose los lentes para asegurarse bien de lo que realmente estaba viendo.

    Intranquilo y tembloroso observaba al ser amorfo y extraño frente a él. No pudo descifrar el género de aquella presencia de baja estatura ni la edad. La misma se movía como en cámara lenta, pero le llamó mucho la atención su luminosidad, lo que parecía ser la piel o cubierta de aquella maravillosa criatura que era similar a la brillantez de las estrellas. Era una fuente de luz más bien tornasol.

    En ese instante esperaba alguna comunicación verbal o de otra naturaleza, sin embargo, el ente sólo se dedicaba a estudiarlo con movimientos torpes, como buscando algo que lo identificara ante sus ojos. Entonces, tal como entró en la vivienda, se alejó como un relámpago y con velocidad de un pestañeo. Simplemente se esfumó. Onilatac sabía que no fue un sueño, sino realidad. Reconoce que existen otros mundos, tal vez paralelos e invisibles al ojo común.

    No era la primera vez que se sentía así de aprensivo. Supo por los periódicos y en los noticiarios del hallazgo arqueológico del catedrático de la Universidad de Boston, el Dr. Francisco Estrada-Bali, en las ruinas de Holmul, al norte de Guatemala. Descubrieron unas antiquísimas tumbas mayas de un reino lejano y misterioso. En ellas encontraron restos óseos de un individuo de mediana edad con incrustaciones de jade en sus dientes, piezas de cerámica, vasijas, conchas, agujas de huesos, navajitas de obsidiana, pulseras de perlas, jade y malaquita.

    Sin embargo, la verdad es otra y solo él la sabía. Onilatac intuyó que vendrían consecuencias. Una reacción en cadena, sin precedentes, por haberse revelado y expuesto el trofeo de jade del Valiente Guerrero perteneciente a la mítica, poderosa y sagrada dinastía Cabeza de Serpiente.

    De acuerdo con la leyenda, el militar de mayor rango se conocía como nacóm y era escogido entre los más destacados guerreros durante tres años. No sólo era el líder de las tropas, sino que pasaba a ejercer asimismo como sacerdote castrense. El próximo rango era el batab, es decir, el segundo al mando, quien recibía y transmitía las órdenes del nacóm en el campo de batalla. Pero los verdaderos guerreros valientes eran los holcattes, quienes se pintaban la cara y el cuerpo de negro y lucían un extravagante peinado para aterrar a su oponente. Aquel símbolo era el de la familia que reinó por varias generaciones, mejor conocidos como los «reyes de la serpiente» de la antigua civilización maya. Eternos rivales de otras tribus y primordialmente de la dinastía Tikal. Desde siempre aquellos dos reinos competían entre sí, no solo por los recursos disponibles, también por el control de otras ciudades mayas menos poderosas y con el propósito de atrapar prisioneros, los cuales serían ofrecidos como sacrificio a los dioses.

    Es evidente la sensación de peligro ante la puerta que se acaba de abrir. La tumba de la pirámide del Templo E de Nankín, Petén, recién descubierta, había sido construida secretamente en su interior, entre paredes y bien protegida para mantener oculta la identidad de Yuknum Ti’ Chan, Sagrado Rey de Kaanul.

    Dicha noticia fue difundida por arqueólogos nacionales y extranjeros. Independiente a lo que pudiera especular la comunidad científica, referente al valor del tesoro, era mayor el significado y contenido espiritual para los mayas y su decendencia. Después de todo, los arqueólogos no sabían mucho de otros mundos. ¿Qué conocían ellos del Popol Vuh? Y más importante aún, ¿acaso creían? No realmente.

    A raíz de los mencionados hallazgos comenzaron a suscitarse extraños fenómenos, tales como: multiplicidad de rayos y relámpagos repentinos sin mal tiempo al cual adjudicárselos. Aires borrascosos, lluvias con súbitas inundaciones a pleno sol, la proliferación de nuevas cepas de virus, ruidos inusuales y como de ultratumba. Muerte de animales indiscriminadamente. Oraciones y conjuros corrían de boca en boca y, de mano en mano, los amuletos y sortilegios. Las brujas y yerberos vendían en casi todas las esquinas escapularios llenos de albahaca, laurel, rompe saragüey, muérdago, silfio, tejo, ruda, caléndula, pachira, epazote, trébol, lotus y eucalipto. Le salían al paso a sus clientes con un marcado: «Ay, con lo que no sabes no se juega».

    Aseguraban los más ancianos que Vucub-Camé, conocido en el inframundo como 7 Muerte o el maligno, así como el innombrable, andaba suelto y manifestaba venganza. Quizá había sido liberado al abrirse las arcaicas tumbas, como aseguraban en sus narraciones previas generaciones que pronosticaban sucedería todo lo que descrito en las leyendas sagradas. Sabían también que Huitzilopochtli y los dioses eternos del eterno imperio azteca jamás se destruyen o desaparecen y por tanto, están dirigiendo desde la gloria eterna.

    Onilatac, al cabo de varias semanas, comenzó a sentirse incómodo y su tórax se pobló de urticaria. Mientras buscaba entender lo que le sucedía, no dejaba de preguntarse, una y otra vez, si la osamenta encontrada era realmente la de algún soberano de Kaanul o era de la dinastía de Tikal. Conocía bien los posibles tres significados asociados con el nombre Tikal por su abuelo materno, Lino. Según el antiguo lenguaje maya, llamaban así a tres cosas: al pozo del agua, al lugar de las voces y también al lugar de las lenguas. ¿Cómo saberlo? ¿Qué representaban todas esas circunstancias atípicas que se estaban experimentando? ¿Acaso el inframundo reclamaría su sitial? Era importante tener acceso a la verdad, ya que la balanza se podía inclinar para bien o para mal y había que hacer ajustes con esas fuerzas.

    Otra leyenda decía que el espíritu de Yamil III seguía en el templo devorando a la gente. Por tanto, conocer la identidad de los huesos era toral para descifrar, de cierto, quién de todos salió del inframundo…

    Así las cosas, el silencio sigue siendo el rey. El silencio en el que el tic tac del reloj es lo único que nos une con otros seres y al espacio que ocupamos en este mundo. Onilatac cree en lo sobrenatural. Sabe que en su interior habitan los muertos del pasado y los muertos que lo aguardan y, dentro de ellos, está él mismo. Sobrado está que la muerte tiene mil caminos. No hay ni demasiados milagros ni resurrecciones, por ende, hay que vivir al día a plenitud.

    Desde hace varias horas la marca y el escozor en la piel de Onilatac va alargándose. Una vez tuvo el encuentro con aquél ser extraño, ha notado un significativo incremento en la agudeza del sentido del olfato, de la visión nocturna y del oído. De igual modo, un hábito que no tenía adquirido previamente era su ingesta de carnes poco cocidas. Además, todas las noches tiene la misma sensación al acostarse: Entra en un estado de inconsciencia, como si estuviera en otra dimensión, y transita por un denso y misterioso bosque. Siempre al acecho de algo por lo cual termina fatigado, cansado y sediento.

    Con el albor, recordó la última conversación que tuvo con su madre precisamente el día en que cumplía 18 años. Ella le habló sobre el linaje de una misteriosa reina roja. Le relató que fue hija del rey Chak Tok Ich'aak II y subió al trono con apenas seis años. «Se llamó Yohl Ik’nal» dijo su madre. Se le conoció como la Señora de Tikal, pero nunca se supo cuántos años reinó ni su destino final y, por tanto, su identidad fue borrada de los anales históricos de los reyes mayas. Era casi un sacrilegio y burla a los dioses que reinara una mujer y mucho más una niña. Desde siempre era considerado como una aberración que una mujer heredara el trono y los gobernara.

    Onilatac le preguntó a su madre si era otra leyenda que aprendió de niña. Pero ella le respondió ladeando la cabeza de lado a lado y afirmando con estas palabras:

    —No, hijo, no es un sueño o figuraciones. Sí, somos parte de ese linaje. Dicha reina llevaba una máscara roja, al igual que las damas de su corte, incluyendo aquellas visitantes. Debían usar ropas sencillas con matices del rojo para ocultar así la identidad de la reina frente a sus enemigos. ¡Su símbolo fue el jaguar! Recuérdalo bien, hijo mío.

    No es un juego ni habladurías, añadió, asimismo, que cada trescientos treinta y tres años era costumbre enviar a un mensajero a la tierra para identificar a los descendientes de la dinastía Tikal. Atac le manifestó lo siguiente a su único hijo:

    —Mi corazón de madre me dice que pronto aparecerá uno. Debe estar cerca tu guía espiritual y tu encuentro con él será inminente, o tal vez ya tuviste esa visión y no supiste comprenderla. Prométeme, Onilatac, que no revelarás nuestro secreto. Y tengo otro más que es el siguiente…

    Pero, de pronto, estando en ello, sin explicación plausible y sin estar enferma, cayó en coma. No pudo indicarle a Onilatac jamás quién fue su padre. Atac expiró al cabo de tres horas. No tuvo tiempo para divulgarle a Onilatac las respuestas necesarias a los secretos ni a cuál dinastía el pertenecía o a quien venía a buscar el mensajero del otro mundo. Atac se llevó varios secretos a la otra orilla que tampoco reveló a su padre Lino.

    De su tata aprendió bien que el temor era, en el fondo, la fuente de todas las fortalezas y el camino más profundo a la verdad. Que debía luchar por conservar los valores de sus antepasados. Que ante el vértigo del miedo debía siempre repetir tres veces las plegarias que había aprendido, con él de niño, para recuperar el valor y levantarse con una furia que alcanzara para destrozar a diez con un solo fuego.

    A la siguiente semana Onilatac miró la marca de su cuerpo en el azogue del espejo. Se sintió diferente y dejó de lado sus espejuelos. Su visión había mejorado significativamente en los últimos días. Sus ojos se tornaron de mayor tamaño, volviéndose en amarillos primero y luego rubescentes. Su lengua se estiró sin que tuviera control y también notó en su pecho cómo iba surgiendo lo que parecía haberse convertido en un pronunciado y llamativo tatuaje. Con las pupilas dilatadas y lleno de asombro, exclamó un sonido ininteligible.

    Entonces sonrió muy complacido. ¿Qué habrá visto?, ¿cuáles eran aquellos secretos no divulgados de Atac?, ¿quién salió del inframundo?, ¿descubrirá quién fue su padre?, ¿acaso el tatuaje de Onilatac es la cabeza de la serpiente o la del jaguar? Tal vez es solamente cuestión de una dosis de paciencia y de darle tiempo al tiempo para saberlo…

━━━━━━ ◦ ❖ ◦ ━━━━━━
    ➤ Sylvette Cabrera Nieves es una psicóloga, poeta y narradora puertorriqueña. Colabora en Azogues Espejos (México) y en la Revista Literaria Ágora (España). Ha publicado en varias revistas y antologías, algunas de estas son:
  • Antología Literaria de INISA "Confesiones Gritos de Silencio" (2022)
  • Revista La Manzana Mordida (2022, 2023)
  • Antología "Historias de Amor, Desamor y Otros Romances", Ediciones Rubin (2023)
  • Antología de cuentos "El boricua es cosa seria", Ediciones EnSerio (2023)
  • Revista Literaria Ouroboros (2023)
  • Revista Palabreadores (2023)

Comentarios

Entradas populares

Palabras clave

revista literaria, leer cuentos, leer poemas, relatos de horror, relatos de sci-fi, relatos de ciencia ficción, relatos de fantasía, relatos de weird fiction, relatos y cuentos de ficción, convocatorias literarias para horror, sci-fi, fantasía y weird fiction, poemas de horror, poemas de sci-fi, poemas de ciencia ficción, poemas de fantasía, poemas de weird fiction

Aviso legal

Todo el contenido publicado en este espacio tiene la finalidad de promover la lectura, asimismo dar un lugar a las personas que gustan de escribir géneros de ficción especulativa. Los números benéficos pretenden promover la lectura, incentivar nuevos temas, y dar apoyo a las asociaciones de ayuda social beneficiadas. Todas las obras publicadas fueron enviadas por sus creadores. Las ilustraciones y fotografías son obtenidos de los bancos de imágenes de libre uso, son anónimos o se tiene el permiso del artista. La revista no se responsabiliza si los autores cometieron fraude con las obras enviadas; si se da el caso, el autor original debe comunicarse con la editora y proporcionar pruebas para eliminar de la colección la obra en cuestión.