La nieve vieja
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Foto de KoolShooters |
escrito por Carlos Ruiz Murcia
“Time casts a spell on you
But you won´t forget me
I´ll follow you down ´til the sound
of my voice will haunt you”
Fleetwood Mac
En ocasiones, algunos pueblos terminan siendo el remate de todas las bromas del destino. La cosa más terrible puede suceder dentro de los límites de una única población. Derrumbe de la economía, cierre del principal sustento de los trabajadores, pobreza, enfermedades y epidemias. La depresión, maldad y locura anidan cerca, esperando su turno para saltar a por su presa. Es como si el huracán del Creador jugase con el pueblo como un perro bien alimentado con una pelota andrajosa. No se la va a comer, todavía, pero puede golpearla con sus torpes zarpas hasta reventar las costuras y destrozarla. Y ese juego puede durar muchos años.
Las leyendas propias de alguna región particularmente devastada por los Hados quedaron suspendidas en el tiempo. Las facciones callosas, endurecidas, de los habitantes de aquellas tierras reflejaban, en un sepulcral blanco y negro de otro siglo, las heridas fantasmales a sus espaldas. La ira silenciosa de los que no tienen permitido olvidar.
Una de estas leyendas propias fue forjada por algunos personajes del pueblo en el que vivieron el Viejo William Walls y su hijo, el Joven Bill.
Ciudad
La chica se había llevado su espuma para el pelo, la que él había comprado para después de darse una ducha, y ni siquiera había subido con él a la habitación de hotel. Tanto importaba. Estaba demasiado cansado para intentar nada, y, si albergaba cualquier esperanza, ella se había encargado de desbaratarla. Le había esperado cortésmente en la estación y charlaron mientras merendaban en la cafetería. Ella le enseñó la ciudad. Dieron un paseo por el río y volvieron al centro.
En realidad, El Joven Bill no necesitaba que nadie le enseñase la ciudad, no era un turista. Había nacido y crecido en un pueblo de montaña, a unos pocos cientos de kilómetros al norte. Simplemente había regresado después de diez años fuera, y necesitaba hacer noche allí, una última escala en el largo viaje a casa. En fin, a él le atraía ella, ¿qué había de malo en ello?
La chica tampoco había visto nada malo en ello, le aseguró, pero tenía pareja. Desde hacía menos de una semana, concretamente. Bill sonrió, ella también. Pagaron en la barra y ella, que le había acompañado a comprar la maldita espuma, la guardó en su bolso, ya que él estaba cargando con el equipaje. Ella no perdió la sonrisa ni la amabilidad mientras le guio por callejuelas de la amargura hasta el hotel. Se despidieron cortésmente en la puerta y se fue.
Bill se registró en recepción y pagó por la habitación doble que había reservado unos días antes, cuando el sol brillaba y se había atrevido a esperanzarse con un interés recíproco. No podía permitirse una habitación doble, al menos no durante la mayor parte de lo que había durado su exilio. A partir de medianoche, podría. Pero necesitaba la espuma para no parecer la viva imagen de El Viejo Bill, alias Barbarroja, quien siempre iba despeinado, ondeando una lustrosa melena rojiza al viento, nunca afeitado y siempre en un gastado mono de trabajo sucio de pintura.
Si existían los ogros en este mundo, él era uno. Tan solo un par de horas después, El Viejo Bill cumpliría diez años desaparecido, momento en que sería certificado oficialmente muerto, y su vieja buhardilla pasaría a pertenecer legalmente al Joven Bill. No sería la única persona del pueblo en declararse fallecida en las próximas horas. Las jóvenes Victoria y Virginia Velasco, de su misma edad y conocidas como Las Gemelas V, habían desaparecido la misma noche diez años atrás. Fueron vistas por última vez subiéndose a un Sedán marrón idéntico al del Viejo Bill. Nunca se encontró el coche ni a ninguno de sus ocupantes. La reputación de Barbarroja no era la mejor, pero después de aquello, pasó a ser el hombre más odiado del pueblo. Y su vástago entonces adolescente, por añadidura, heredó sobre sus hombros el peso de la leyenda maldita.
Bill, como esperaba, no consiguió dormir. Lo de la espuma era una mera excusa. Todos en el pueblo sabían quién era. Había heredado, además de la melena indomable, el aspecto desgarbado, incluso maligno, del padre. Se revolvió entre las sábanas, sudando en ropa interior a pesar de estar en febrero. Trató de imaginar a la chica sudando en la cama junto a él, sin conseguir concentrarse. Se levantó a echarse un poco de agua encima en el lavabo, prendió la luz y Barbarroja le devolvió la mirada a través del tiempo. No, aquello era irreparable. Ninguna espuma podía desenmarañar aquella mata rojiza. Había pensado en cortarse el pelo, incluso raparse, aunque detestaba la idea, pero sólo tenía que observarse. Las ojeras de insomnio y trabajar hasta tarde, el pecho hundido con el orgulloso vello pelirrojo en medio.
No había sido agraciado con una buena herencia genética, ni de ningún tipo. Se obligó a apartar la mirada de su propia triste figura y volver a la cama, pero el calor era asfixiante, casi infernal. Se acercaba el amanecer del décimo aniversario, y lo sentía en sus espaldas como la caricia de un espíritu juguetón.
William Walls hijo, apenas veintiséis años, vuelve a casa después de pasar la mayor parte de la década en el extranjero, tratando de ganarse la vida de cero, y se acaba de gastar el poco dinero que le queda en un viaje larguísimo de vuelta a casa, una habitación doble y la espuma que le han quitado. Solitario y arruinado, desafortunado en casi todas las facetas de su existencia y, ahora, casi propietario legal de la buhardilla en la que pasó aterrorizado la mayor parte de su vida hasta los dieciséis. Qué podría salir mal. Ah, y además tiene el mismo aspecto que el asesino y probablemente violador pelirrojo que secuestró a las gemelas más queridas del pueblo.
Resignado a viajar insomne, optó por prepararse un café instantáneo, pero al abrir el mueblebar se decantó por una cerveza. Llevaba casi 24 horas despierto, tanto daba, y estaba helada para luchar contra el calor incesante. Después tomó una ducha fría, sin espuma, y antes de las seis de la mañana bajó su equipaje a recepción. El conserje nocturno observó que no había inscrito un segundo nombre en el registro de la habitación doble. ¿Quizá el caballero esperaba a alguien? Bill esbozó una sonrisa cansada. Había tenido trabajos peores.
Pensó en pedir un taxi hasta la estación, pero los precios eran muy diferentes a los que recordaba. Caminó en una mañana nublada pero bochornosa arrastrando el equipaje bajo chorros de sudor. Tras comprar el billete, le quedaba dinero suficiente para una sola comida. Esperó lo que le parecieron horas y, cuando al fin pudo sentarse en el autobús, las noticias de la radio local le recordaron, por si no estaba al tanto, que era el décimo aniversario de la desaparición de tres personas, dos de ellas idénticas, la otra desagradablemente diferente. Oficialmente, pasaban a declararse difuntas.
Esa tarde habría una vigilia por las gemelas. Cerró los ojos. Trató de cerrar los recuerdos. Apoyó la cabeza contra el cristal para sentir algo de frescor. El vehículo se internó entre los árboles altos. La sombra engulló el calor y la montaña empujó a la ciudad, que se quedó allá abajo. La montaña agarró el autobús y lo izó por la carretera. La sombra envolvió al Joven Bill. Se adormeció, el ruido lo relajaba. Durmió. Soñó.
Pueblo, antes
KLAK-KLAK-KLAK.
Así suena el radiador en la buhardilla de William Walls, padre. Debería purgarlo cada cierto tiempo, pero siempre está demasiado ocupado. El Viejo Bill es carpintero, pintor y se encarga de cualquier chapuza que la gente del pueblo le encargue. No les acaba de gustar, pero todos coinciden en que las manos de ese hombre con aspecto de ogro trabajan con una habilidad inusitada. Grandes, callosas, tratan la madera y la brocha con brío y fuerza, pero también una delicadeza que jamás esperarían de alguien así.
A escondidas, se refieren a él como Barbarroja el de las manos del diablo. El Pequeño Bill duerme en su camastro en un rincón, donde el techo se inclina adoptando la forma del tejado. Los Walls viven dentro de un triángulo con una sola claraboya para ver el cielo. La madera sobre sus cabezas tiene los anillos propios del corazón de los árboles. Si El Pequeño Bill decide tumbarse en posición horizontal en vez de vertical, los anillos pasan a ser ojos. El techo está lleno de ojos que lo observan. El radiador suena como si las manos del diablo estuvieran haciendo música con él.
KLAK-KLAK-KLAK.
Hasta que cumplió cinco años, El Pequeño Bill podría haber tenido una oportunidad. En contra de la opinión generalizada, su padre no lo trata mal. No le echa mucha cuenta y nada se sabe de la madre, pero se encarga de que no le falte comida y escuela. No tienen gran cosa con ellos en la buhardilla. Un camastro en cada esquina y una pequeña cocina bajo la claraboya es todo lo que necesitan. Oh, y aquella puerta que nunca ha visto abierta. El otro cuarto del Viejo Bill. A veces su padre viene acompañado de chicas jóvenes, aunque al Pequeño Bill no le parezcan tan jóvenes, y desaparecen tras la puerta.
Podría haber tenido una oportunidad, pero alguien decidió que el cuento de Barbazul era una lectura adecuada en clase para niños de cinco años. Las Gemelas V estaban allí, llorando de terror cuando la nueva esposa de Barbazul entró en la estancia prohibida y descubrieron los cadáveres ensangrentados de todas las anteriores. Otro niño dijo que el padre de Bill era Barbazul, un ogro, pero con la barba roja. Ahí se acabó todo. Cuando vives con Barbarroja manos del diablo y su otro cuarto, pocas opciones tienes en el pueblo.
KLAK-KLAK-KLAK.
Ha reprimido la mayor parte del tiempo este recuerdo, pero le ha asaltado en sueños tantas veces que no tiene más remedio que acostumbrarse. La hermosa joven pálida de melena color caoba está completamente desnuda, los bucles de su pelo cubriéndole los hombros blancos, posando en una mecedora mientras El Viejo Bill la pinta. Sus manos golpean el lienzo a brochazos. De puntillas, con un ojo pegado al ojo de la cerradura del otro cuarto, El Joven Bill no entiende ese extraño calor que siente en su vientre. No llega a atisbar nada de esa estancia secreta, porque no puede quitar la vista de la joven.
Mucho más tarde, cuando lleguen los secretos de la pubertad, buscará ese pelo, ese rostro y ese cuerpo para sí mismo y sólo hallará frustración. Jadea mientras se palpa el vientre con una mano. Es entonces cuando Papá Barbarroja se vuelve, furioso, y ocupa todo el ojo de la cerradura. Y los ojos centellean, pareciendo más un ogro que nunca. Una mano de diablo llena la cerradura de oscuridad y ahí se acabaron las esperanzas del Joven Bill por tener algo de felicidad en su vida.
KLAK-KLAK-KLAK.
Pueblo, ahora
Bill trató de volver a dormir el resto del viaje, pero como de costumbre, cada vez que llegaba a esa parte de la pesadilla se despertaba bruscamente. Adormecido, con la cabeza reclinada, vio los árboles y la niebla que serían su paisaje de nuevo y para siempre. Cuando el autobús enfiló, al fin, la carretera de entrada al pueblo, se irguió en el asiento. Hace dos días que había confirmado que el notario estaría esperándolo en la estación. Con las llaves de la buhardilla, si fuera posible. Se bajó y recogió su equipaje. Aquel autobús era el único vehículo aparcado en la estación, prácticamente abandonada, y él fue el único pasajero en detenerse allí. Sólo había otra persona en el andén además de él, y no era el notario.
—Bill! ¡Oye, Bill!
Era un joven de su edad, apuesto y vestido con un traje gris. Al acercarse, lo reconoció. Era David Harlan, antiguo compañero de clase. No llegaron a ser amigos, pero era uno de los pocos que siempre se había mostrado amable con él. Se estrecharon la mano. Misterio resuelto, Dave era el hijo del notario y se ocupaba de asuntos legales en el pueblo mientras su padre trabajaba en la ciudad.
—Te veo… bien, Bill —comentó Dave con educación—, igual que siempre.
—Gracias, Dave. Tú estás hecho todo un hombre de leyes. —Bill sufría con las conversaciones banales. Dave lo notó.
—Venga, sé que vienes de lejos y querrás solucionar esto cuanto antes. Te llevo a comer.
Salieron de la estación, donde estaba aparcado el coche de Dave. Fue entonces cuando Bill notó el brusco cambio de temperatura con respecto a la ciudad. Allá arriba en la montaña el invierno no se había ido. Lo comentó mientras entraba en el asiento del copiloto.
—Sí —comentó Dave, soplándose las manos para calentarlas antes de arrancar—. Ya sabes cómo ha sido esto siempre. Nunca se va del todo. Vas a tener que abrigarte en la buhardilla, ¿eh? Se espera nieve a partir de esta noche.
Bill se reclinó en el asiento y Dave condujo por calles solitarias. No se veía un alma y casi todos los locales comerciales parecían llevar mucho tiempo en cese de negocio. Vio edificios derruidos por doquier, techos hundidos y aceras agrietadas. Ni siquiera la bulliciosa fábrica, que en tiempos pasados suministraba empleo a casi todas las familias, mostraba el menor signo de actividad. Dejaron atrás el monumental edificio, ahora en silencio, con el fantasma de su ensordecedor rugido del pasado flotando en el aire.
A pesar de ser poco más de mediodía, empezaba a oscurecer. Fue entonces cuando Bill vio una figura alta, vistiendo capa y sombrero de copa negros, encendiendo las farolas con un palo largo. Pesadamente, tomándose su tiempo, introducía el extremo del chuzo con el que prendía la bombilla. El oficio de farolero, uno de los más antiguos conocidos y prácticamente en desuso, no se había extinguido a la vez que el resto. Bill no alcanzó a verle el rostro embozado.
—¿Es… el de siempre? –—Preguntó—. Si lo es, ya debe tener cien años.
—No, el señor Van Horn falleció. —David hizo una pausa—. Bill, ese farolero es John Velasco. El padre de Virginia y Victoria.
No hablaron más hasta llegar a destino. El pueblo se alejó en el retrovisor.
Posada
—En realidad, Bill, es más sencillo de lo que parece —comentó Dave contemplando un cuenco humeante de sopa de pescado.
—¿Lo es? —respondió Bill haciendo lo propio.
Estaban sentados en una mesa rinconera de La Posada del Santuario, como se conocía a la antigua iglesia sobre la colina que presidía el pueblo. En otro tiempo, aquel lugar hizo de fonda y lugar de peregrinación para los caminantes que surcaban aquel valle montañoso, hasta que el deterioro geográfico y social dejó su huella. La posada era regentada desde hacía más de medio siglo por una mujer ya entrada en los noventa, aunque no aparentaba ni uno más de setenta.
La señora Trewlaney sirvió la jarra de agua y el pan y se retiró, con media sonrisa de curiosidad, tras la barra a escuchar la conversación. Dave depositó una llave grande y antigua sobre la mesa, delante de Bill.
—Sí. Aquí está la llave de la buhardilla. Puedes instalarte allí cuando quieras.
—Pensaba que habría un impuesto…
—Y lo hay, pero no voy a pedirte la cantidad total antes de entrar. -—Dave se encogió de hombros—. A mi padre le da igual. Pagando la señal, por mí puedes ir cubriendo el resto a plazos. Tampoco es que hayan tasado la propiedad a un precio desorbitado.
Dave dijo la cantidad. Bill tragó saliva. Apenas tenía dinero para pasar el día. Dave lo vio en sus ojos. No debía de ser difícil de adivinar.
—¿No tienes esa cantidad? —Dave rio despreocupadamente—. Vamos, Bill, pensaba que diez años en el extranjero te habrían procurado algo de dinero.
—No lo sé —musitó Bill. Todo aquello era una moneda a la suerte—. Pensaba ir a buscar trabajo a la fábrica, pero…
A pesar del hambre voraz que arrastraba, un nudo en el estómago le impidió terminar de comer. Dave lo advirtió e, incómodo, empujó suavemente la llave hacia él.
—Oye, Bill… —Titubeó—. No te preocupes por la señal. Ya podrás pagarla en otro momento. La fábrica se cerró hace unos meses, se llevaron la producción a otro pueblo. ¿No te habías enterado? Llevamos años de luchas sindicales, pero perdimos. Los que mandan siempre ganan, ¿no es así?
Bill apartó el plato y palpó la llave, con la mirada baja. La caridad de Dave lo avergonzaba. Si no había trabajo en la fábrica, bueno, no se le ocurría qué podría hacer.
—“Pueblo pequeño, infierno grande” —se escuchó la voz de la señora Trewlaney, que se había acercado silenciosamente a llevarse los platos. Le dio a Bill una pequeña palmada cariñosa en el hombro—. No te preocupes, hijo. La verdad es que no me vendría mal una mano en la cocina. ¿No quieres venir a trabajar conmigo?
Bill trató de alzar la cabeza para aceptar, pero en lugar de eso no pudo contenerse más y rompió a llorar.
La señora Trewlaney sirvió café y una bandeja de pastas tradicionales de la zona que Bill no probaba desde hacía mucho tiempo. Se abrió y les contó todo. Los diez años de penurias en el extranjero, donde había saltado entre empleos mal remunerados y alquileres imposibles que prácticamente le habían impedido ahorrar. Cómo de difícil le resultaba establecer vínculos amistosos con la gente y, aún peor, relacionarse con el sexo opuesto. Les contó el fracaso más reciente, con la chica de la ciudad.
Le escucharon atentamente, sin reírse ni compadecerle en exceso. Habló también de la maldición de ser el hijo de Barbarroja y de cómo tuvo que marcharse del pueblo diez años atrás. Para cuando terminó, ya había oscurecido del todo.
—Más motivo aún para que te quedes con la llave. -—Dave le dio un apretón en el hombro mientras se levantaba para irse—. Tengo que irme a la oficina, mucho papeleo. ¿Te acerco a tu casa?
—No, gracias, Dave —respondió Bill, secándose la cara—. Me gustaría quedarme con la señora Trewlaney y limpiar la cocina. Si a usted le parece bien que empiece desde hoy, claro —añadió, mirándola.
—Claro, hijo —asintió la anciana—. Te pagaré todas las horas que trabajes aquí, de eso puedes estar seguro.
—Bienvenido a casa, Bill. —Sonrió Dave. Pagó la cuenta y se alejó en su coche.
Bill empezó limpiando la barra, como había hecho en cien sitios diferentes. Aquello no necesitaba enseñarse. Se sentía henchido de gratitud como no se esperaba. Contra todo pronóstico, se iban poniendo las cosas de cara. Unas semanas trabajando en la posada y la señal estaría pagada. Y después el impuesto entero, y al fin podría quitarse ese peso de la cabeza. Una vez terminó con la barra, se encargó de dejarlo todo preparado para abrir la mañana siguiente. Entró en la cocina, remangado y listo para quitar las manchas de grasa de los fogones. La luna llena brillaba a través del ventanuco.
—Te pareces mucho, pero no eres Barbarroja de las manos del diablo —dijo la señora Trewlaney a su espalda. Bill se sobresaltó y dejó caer una cacerola de metal, que repicó sonoramente al golpear el suelo.
—¡Lo siento! —Se apresuró a recogerla, pero la anciana fue más rápida.
—No eres tu padre, Bill —repitió la mujer—. El viejo William tenía un apetito voraz cuando venía aquí después del trabajo, con las manos enrojecidas y lleno de serrín o pintura. Se sentaba en esa misma mesa donde has estado tú, y devoraba todo lo que le servía. A menudo, acompañado de alguna chica joven del pueblo.
Bill pensó en las chicas que había visto en la buhardilla, entrando al otro cuarto, la cámara prohibida de Barbazul. Posaban para su padre, sí, y quién sabe qué más. Entonces ahogó un grito. A la luz de la luna, la cara de la señora Trewlaney ya no aparentaba poco más de sesenta años. El resplandor blanco corría por los surcos de las arrugas que nunca habían dejado de estar ahí, los ojos enterrados en las cuencas y las mejillas hundidas hacia dentro. Ahora, el rostro de Amelia Trewlaney reflejaba casi todo un siglo vivido en el pueblo, como una fotografía de otros tiempos. La sequía, la hambruna, la desesperación y la muerte de toda una generación latía en aquella expresión desesperanzada.
—Fui yo quien vio a aquellas niñas Velasco subirse al coche con el Viejo Bill —continuó—. Un Sedán marrón, lo recordaré toda la vida. Cogieron la carretera que sube a la montaña y desaparecieron. Eso le dije a la policía, y con eso es con lo que todo el pueblo se quedó. También John, el pobre padre de las gemelas, que se quedó medio loco de tanto llorar y perdió la voz y su empleo en la fábrica. Y ahora todos están sin empleo. Llevo casi cien años viendo a este pueblo irse a pique, chico.
La anciana acercó su rostro al de Bill, saliendo así del rayo de luna y recuperando algo de la afabilidad anterior en el gesto. Las arrugas desaparecieron, y quizá por ello lo siguiente que dijo resultó aún más amenazador.
—Como él, he visto pasar decenas de faroleros. Son los hombres que lo van perdiendo todo, y aún así la tierra sigue demandando de ellos. Pero no pueden irse. Se quedan y se agarran a lo que sea, mientras cada vez están más flacos, mudos y más tristes, y entonces acaban en el cementerio y otro farolero recogerá su testigo. En estos días no verás una profesión igual en ningún sitio. Sólo aquí, porque la tierra no lo permitirá. Nace y muere gente todos los días, pero cada vez nacen menos y mueren más. Ya sabes lo que dicen, “la nieve vieja…” Y ahora vete, chico, que te necesito mañana a primera hora. Acomódate en tu casa y descansa, si puedes.
La señora Trewlaney dio una palmada en el hombro de Bill y éste se puso en marcha, incapaz de pronunciar palabra. Recogió su abrigo y el equipaje, y entonces se dio cuenta de la jugarreta que le había hecho Dave al irse sin él. Bajar la colina hasta el pueblo cargando con el equipaje a pie, sin coche y a oscuras, era una caminata mortal. Pero no quería ver más el rostro de la anciana hasta el día siguiente por la mañana, así que salió al patio. Desde allí se divisaba todo el pueblo.
Un viento frío lo golpeó. Parecía como si fuese a nevar. La anciana tenía razón. La nieve vieja puede ser mucho, mucho más dura que la nieve recién caída. Por eso la nieve nueva puede no llegar a cuajar nunca. Recordaba aquel dicho popular de los inviernos de su infancia.
Arrastrando el equipaje tras de sí, Bill apretó los dientes y comenzó a descender el sendero con cuidado de no tropezar y doblarse un tobillo, o partirse la crisma. Maldijo entre dientes a Dave, a quien había considerado brevemente como un posible amigo.
Según conseguía acercarse al pueblo, percibió una anómala concentración de luz en el cementerio. Siguió andando, pero las luces se hicieron más brillantes. Cuando estuvo más cerca, lo entendió. Era la vigilia por las gemelas Velasco, y todos los parroquianos estaban allí sosteniendo velas y antorchas. Pronto empezarían la procesión recorriendo todas las calles, y, si quería llegar a casa sin tropezarse con ella, no tenía más remedio que dar un rodeo. Bill había vivido muchos días que parecían no acabarse nunca, pero este era el más largo de todos.
Cuando al fin entró en el pueblo, estaba muerto de frío. Sintió deseos de arrojar el equipaje entre las zarzas, pero no podía permitirse perder la ropa que llevaba dentro. Con la camisa empapada en sudor bajo la chaqueta y los pantalones embarrados se sentía exhausto. Siguió las calles en la oscuridad, guiándose de memoria. Las farolas apagadas le hacían pensar que la procesión ya había pasado por allí. Al doblar una esquina unas luces lo dejaron petrificado por un instante. Un coche estaba detenido en mitad de la calle, y una figura se bajó de él. Los faros lo iluminaron y Bill suspiró de alivio al reconocer a Dave.
—¡Dave! —exclamó—. Cuánto me alegro de verte.
Dave no respondió. Permaneció apoyado en el capó, entre los dos faros, con el rostro entre tinieblas. Bill se aferró su equipaje, esperando una nueva invitación de subir, un último favor que lo llevase al fin a casa.
—Amelia tiene razón —murmuró Dave, con la mirada perdida. Bill se detuvo, confundido—. No eres el Viejo Barbarroja… pero da lo mismo. Nunca ha importado, ¿no?
Dave lo miraba ahora con una sonrisa triste. Se adelantó dos pasos y el rostro amable, ahora iluminado por la luna, brillaba con una horrorosa verdad que heló los huesos de Bill. Soltó el equipaje. Dave empezó a hablar con una voz que Bill no había escuchado nunca, cavernosa, de otro mundo. Parecía salir de la tierra.
Oh, pero el pequeño Dave Harlan tiene una historia. Está lleno de ellas, ¿no es así, Davie? Cuéntale al Joven Bill, cuéntale cómo te mueres de miedo con cinco años cuando Barbarroja viene a tu casa a arreglar las puertas y pensabas que era un ogro. Pero el Viejo Bill es amigo de tu padre, un reputado abogado, y sois la familia más importante del pueblo.
Tu casa de tres plantas está enfrente de la de la familia Velasco, más humilde, con esas dos niñas gemelas tan bonitas con las que juegas, y su padre, John, un tanto extraño, pero muy trabajador. Quizá los Velasco no tengan tanto dinero como los Harlan, pero a Virginia y Victoria les encanta pasar el verano contigo en vuestra piscina. Y van pasando los veranos, y os habéis hecho tan amigos que no queréis separaros, ni siquiera en la caseta de baño donde las niñas se cambian de ropa, quieres entrar con ellas a verlas quitarse el bañador, pero ellas no te dejan y se ríen, ¿no es así? Se ríen de ti, Dave, pero no saben que las espías por el ventanuco, cuando ya no son tan niñas, has visto sus formas desnudas.
Y también las ha visto tu padre, y el viejo Barbarroja, que lleva a sus jóvenes modelos a la buhardilla de Barbazul y, según el cuento, las descuartiza. Y poco importa que fuera sólo un cuento, ¿no? Tú encontraste ese libro en el desván y lo llevaste a la escuela aquel día. Y ese niño tan triste y solitario, el hijo de Barbarroja, ¡cuánto miedo pasó! Las Gemelas V lloraron de miedo y no se acercaron jamás a él. Las dos para ti, ¿no es eso lo que querías?
Pero debes darte prisa, Dave, porque ya tienes dieciséis años y ellas se fijan en los chicos mayores, algunos ya trabajan en la fábrica y todo, eres un niño para ellas. Algunos son demasiado mayores, como por ejemplo Barbarroja, que las lleva a casa en su Sedán marrón cuando John Velasco tiene turno doble. Eso no está bien, dice tu padre, el señor Harlan. Un hombre mayor, tan feo y con tan mala pinta no trama nada bueno con esas niñas.
Tenemos que impedirlo, dice papá. Las Gemelas V tienen un aura especial que nadie en este pueblo de ira ha tenido nunca, y su honra es algo que debemos preservar intacta, debemos protegerla, debemos poseerla. Siempre ha sido así. En la historia de este pueblo en las montañas, la leyenda de los Harlan brilla con luz propia.
Cuando Dave y su padre entran en casa de los Velasco, saben que John está en la fábrica. No llaman a la puerta, se han ganado ese derecho. No se detienen ante nada. Dave se siente inmortal, con ese calor en el bajo vientre que empezó a sentir tantos años atrás. No se atreve a preguntárselo a su padre, pero no es necesario, porque ve en su mirada el mismo fuego. Los Harlan son los elegidos, la estirpe que heredó las iras de la tierra.
Las Gemelas V deben de sentir ese fuego, porque salen corriendo por la puerta de atrás. Alguien ha debido prevenirlas. Dave y su padre abandonan la cortesía y van en pos de ellas, las miradas desencajadas, los ojos ardiendo, aullando insultos contra las niñas que han jurado proteger. Pero no las alcanzan nunca. Pasan diez años y aquel calor, aquella pulsión sexual descarnada se convierte en un fuego inextinguible que se lleva el pueblo por delante.
Aunque la luz de la luna ya no brillaba en el rostro de Dave, la expresión seguía allí. Bill, inmóvil, identificó al fin la voz que salía de la garganta del que creía su amigo. Era la voz del pueblo.
—Aquel día, Virginia y Victoria se nos escaparon para siempre —continuó Dave—. Luego, Amelia dijo que las vio subirse al coche de tu padre y ya sabes el resto de la historia. Y ahora… —Rio cansadamente, extendiendo las manos—. Ahora has vuelto, Bill. Para ocupar el lugar de Barbarroja. La leyenda continúa.
—No —respondió Bill, muerto de miedo—. Yo no sabía nada de esto. No tengo nada que ver.
—Oh, pero lo tendrás —contestó Dave—. Eres igual que él. Las generaciones pasan, la nieve vieja permanece. Escapaste lejos, pero has vuelto. No tienes dónde ir, este es y ha sido siempre tu hogar. Amelia te ha dado trabajo y yo te he devuelto tu casa para que te quedes con nosotros, para entregarte a ellos. A propósito… míralos. —Señaló detrás de Bill—. Ahí llegan.
Bill se giró a tiempo para ver las antorchas iluminadas en la oscuridad, acercándose desde el otro extremo de la calle. Lo primero que pensó es que había mucha más gente de la que vivía en el pueblo. Luego, que muchas de aquellas vestimentas eran antiguas, de otro siglo. Cuando la procesión estuvo lo suficientemente cerca, Bill contó centenas de personas moviéndose en silencio, murmurando una única oración al unísono. El zumbido se le metió en la cabeza. Aquella santa compaña había encontrado a su Barbarroja en el décimo aniversario y se acercaba, lenta pero inexorable, a ejercer justicia popular.
—¡Está aquí! —comenzó a gritar Dave—. ¡El asesino de las Gemelas! ¡Está… ARGH!
Bill se giró para ver a Dave de rodillas entre los faros del coche, con una mano en el costado. Sangre oscura goteaba entre los dedos. El cuerpo se contorsionó con otro grito de dolor mientras un largo palo lo golpeaba en la espalda. Dave escupió sangre. El chuzo del farolero se alzó en la noche. John Velasco estaba frente a él, Dave hecho un ovillo quejumbroso a sus pies.
A espaldas de Bill, la procesión estaba más cerca. Cuánto tiempo había permanecido Velasco en la oscuridad, escuchando la confesión, lo ignoraba. La expresión muda en los ojos del farolero era aterradora. Alzó el chuzo una vez más, pero no lo hundió en el cuerpo de Dave. Usó la punta ensangrentada para encender la farola.
Mil fantasmas se fijaron a la vez en ellos, atraídos por la luz. Dave tosió. Velasco miró a Bill y señaló el otro extremo de la calle. Había más luz al final. ¿Habría encendido aquellas farolas para darle una oportunidad de escapar? El farolero movió la boca sin palabras. Dave trató de incorporarse, no estaba tan herido. John Velasco desapareció entre las sombras. La oración se hizo más fuerte, como un rugido al acercarse y ver a Barbarroja habiéndose cobrado otra víctima. Bill echó a correr siguiendo las luces de la calle. Las nubes estallaron al fin en copos de nieve.
Buhardilla
La llave entró en la cerradura. Al menos Dave había sido honesto con eso. Había dejado el equipaje allí, y no esperaba recuperarlo. Eso significa que no tenía más ropa que la que llevaba puesta desde que comenzó el viaje de vuelta a casa, lo que parecía muy lejano, y apenas había dormido. Bill estaba exhausto. Se dejó caer al suelo, boca arriba, y contempló el techo inclinado y los millares de ojos de madera. Eran los ojos de todas las esposas de Barbazul. De Barbarroja. No lo eran. Qué más daba. Todos los pueblos tenían una leyenda propia y el Joven Bill se acababa de convertir en la suya.
Si hubiese empezado a nevar unas horas antes, habría dejado un magnífico rastro de huellas hasta la buhardilla. Pero, pensándolo bien, la procesión no necesitaba pistas. Conocían perfectamente el camino hasta la guarida del ogro, que además había atacado al joven Dave Harlan, el chico perfecto, hasta dejarlo medio muerto. Pronto darían con él y acercarían sus antorchas al edificio para quemarlo hasta los cimientos. No podía irse a dormir, quizás se acercaba el final.
Bill se forzó a incorporarse, agotado, y colocó una silla contra la puerta. “Mañana tendré que quitarla para ir a trabajar”, pensó, y se le escapó una risa irónica. Mañana estaba muy lejos. La buhardilla seguía tal cual la recordaba. El mismo camastro, los mismos muebles, la claraboya llenándose de nieve virgen que nunca se asentaría. La misma puerta cerrada en la pared que llevaba al otro cuarto. Movió el picaporte. No había llave, y nunca se abriría.
Dave y Amelia Trewlaney lo habían atrapado bien. No tenía otro sitio donde ir. Necesitaba el trabajo para pagar la señal, y los Harlan se encargarían de que el cobro durase el resto de su vida. Además de una más que probable venganza que llevaba diez años esperando. El Viejo Bill no mató a las Gemelas V, las salvó de las garras de aquellos monstruos encorbatados que trabajaban en oficinas en vez de en la fábrica. Ellos hundieron el pueblo con sus actos. Ellos habían destruido los empleos, las calles y la esperanza de la gente. Allá arriba en la montaña, aquella gente no le importó nunca a nadie. Bill se tambaleó y cayó de rodillas contra la puerta cerrada, apoyó la frente en ella. Estaba tan cansado…
“Bill…”, susurró una voz al otro lado.
El otro cuarto
Bill cayó de espaldas. No estaba soñando. Una voz lo llamaba desde el otro lado de la puerta. Trató de incorporarse y volvió a caer de rodillas contra la puerta. No volvió a escuchar la voz y no se atrevió a mirar por el ojo de la cerradura. Aquella vez había pasado demasiado miedo, pero ahora no tenía tiempo para eso. Mil pasos se escuchaban en la escalera, subiendo en tromba hasta la buhardilla. La procesión haría justicia pronto.
Se encontró pensando en qué habría realmente al otro lado. ¿Salvación y la mujer de cabello color caoba, pálida y desnuda posando para Barbarroja? Sintió el mismo calor en el bajo vientre de aquella vez, el mismo que sintieron los Harlan persiguiendo a las Gemelas. ¿La muerte en forma de las esposas descuartizadas de Barbazul? Quizá el Viejo Bill no salvó a las niñas y Virginia y Victoria estaban al otro lado, ensangrentadas como todas las demás chicas jóvenes que había traído para que posasen para él. Quizá él y Harlan no eran tan diferentes como no lo eran Bill y Dave, que en el fondo deseaban lo mismo por distintos medios. Quizá el farolero fuese la única persona decente que quedaba en el pueblo. Debía decidirse ya.
Incorporándose, el Joven Bill aceptó al fin la leyenda de Barbarroja sobre sus hombros. Si eso era lo que veían todos, no podía seguir negándolo. Si la procesión le daba miedo, se convertiría en el ogro que esperaban que fuese. Nada podía ser cambiado, la tierra lo demandaba así. La nieve virgen y la nieve vieja.
Cuando la turba de fantasmas echó abajo la puerta de la buhardilla, la mano de Bill giró al fin sobre el picaporte que abría la puerta hacia el otro cuarto.
“One not need be a chamber -to be haunted-”
Emily Dickinson
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➤ Carlos es un escritor español que ha publicado numerosas obras en diversas revistas, antologías y blogs. Algunas de sus obras son:
- Artículo "Charles Bukowski, la voz de los condenados" (2016), El Cadillac Negro.
- Relato "Le obligué a decirme dónde está el fuego" (2020), Diario de un confinamiento.
- Poema "Despierta de un sueño azul" (2020), Diario de un confinamiento.
- Relato "Bajo la estrella del norte" (2020), Revista Plumabierta.
- Artículo "Fahrenheit 120" (2023), Revista Plumabierta.
- Relato "Nueva visita a la casa" (2023), El yunque de Hefesto.
- Relato "Giudecca" (2023), Revista Exogénesis.
- Relato "Hijo del invierno, hijo del frío" (2023), Antología De locos y sombreros, de Lecturas a full.
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