Los perros

Foto de Brandon Randolph

escrito por Jona Marrero

    La boca del rifle apunta al matorral de siempre. Hugo sostiene el arma con fuerza mientras el cigarrillo se deshace en cenizas, allí, en la comisura de sus labios resecos. Entre el silencio del amanecer en la granja, escucha los tibios pasos tras su espalada y, antes de poder voltear, una mano blanca y suave se posa en su brazo de piel curtida en el campo.

    La muchacha trae consigo el pequeño jarro metálico repleto de café. «Es una buena hija», piensa Hugo antes de lanzar al olvido lo que queda de cigarrillo y bajar el rifle. Da un sorbo al líquido y agradece acariciando la cabeza de la adolescente.

    —¿Tuviste pesadillas otra vez? —pregunta ella.

    —No recuerdo —dice y sonríe, pero sí recuerda.

    —¿A qué le apuntabas?

    Del matorral sale la perra, luego sus tres cachorros. La chica traga en seco.

    —Todos los días es lo mismo, papá. ¿Por qué quieres matar a Nena y sus niños?

    Ante el rostro enrojecido y la voz quebrada de la hija, Hugo abandona la pregunta en el aire y entra a la cabaña. Deja caer el cuerpo en una silla y da otro sorbo al café. La hija se ha quedado afuera, acariciando a Nena y su camada. Puede ver con asco la escena desde la ventana. Carolina, la mujercita a la que crio solo, la única criatura que tal vez ha amado en su vida, gusta de agacharse frente a aquellas bestias infernales y jugar con ellas, como si de hermanos se tratara. Los perros la mordisquean, la olfatean, de sus bocas nace la saliva inmunda que cubre las manos de la niña. Hugo siente el hervor que le sube desde el pecho, aprieta la mandíbula y arroja el jarro ya vacío contra la pared.

    —¡Entra a la casa, estúpida! —el grito retumba en todo el valle.

    Carolina retira de inmediato las manos de los cuerpos inquietos de los perros. Voltea la cabeza hacia la ventana desde donde el padre la mira. Se levanta despacio y a paso tranquilo recorre los escasos metros que la separan de la puerta. La orden de terminar el desayuno la recibe al entrar. Obedece, la cabeza baja, los delgados brazos pegados a la bata de casa.

    El padre continúa observando a la perra de cabeza enorme y ojos marrones claros. «Es alguna clase de diablo en cuatro patas», se dice a sí mismo en ocasiones. El padre de Hugo murió destrozado por una jauría salvaje, en el bosque, para servir de alimento, y desde entonces su hijo no confía. No ha descargado media caja de municiones en el lomo de la perra porque Carolina la ama y no hay motivos reales… pero si el animal simplemente tuviera un desliz mínimo…

    El sol se alza; también la mano del hombre para cosechar las manzanas. Las tira una tras otra a las cestas de forma tan mecánica que a veces pierde la noción del movimiento de su propio cuerpo y se sume en sí mismo. La hija y la perra, la perra y sus cachorros, la hija y los cachorros, la perra y el rifle, el rifle y la hija. Sus tres compañeros hablan con él, no los escucha. Lo llaman, lo llaman.

    —¡Hugo! ¡Hugo! ¿Dónde se mete tu cerebrito? Te hemos preguntado mil veces si has visto zorros en tu granja y no respondes —reclama uno de ellos.

    —No, no he visto zorros en meses. ¿Por qué?

    —Los pollos, los patos, las crías de cerdo… nos los están matando. ¿A ti no te ha pasado?

—No, y no entiendo cómo les pasa a ustedes que tienen sus propiedades cercadas, y a mí no que fui tan descuidado con eso —ríe burlón.

    —Es raro —agrega otro de sus compañeros—. Sean zorros o no, en ninguna ocasión han roto las cercas para entrar, ni escarbado por debajo. Es como si abrieran las puertas de los corrales. He oído hablar de perros que pueden correr los seguros de las verjas.

    Hugo sonríe, se detiene a mirar la manzana que acaba de arrancar de la rama, la frota en su camisa y le da un mordisco sin que sus facciones pierdan el extraño tono de diversión.

    —Podrían ser sus propios perros los culpables. ¿No lo han pensado? Ahora ninguno de nosotros está en su granja, nos pasamos la mañana trabajando en plantaciones ajenas, sin saber a ciencia cierta lo qué pasa en nuestras casas. Quizás, mientras no estamos, los perros hacen de las suyas. Son destructivos por naturaleza, siempre tienen hambre, se comen lo que se topen.

    —No. Las matanzas suceden de noche. Además, nuestros perros nunca harían algo así, están entrenados para cuidar a los animales, no para abusar de ellos. Tendrías que ver cómo quedan esas gallinas.

    —Hay una duda —dice el compañero que faltaba por hablar—. Tal vez no sean nuestros perros, pero los míos no han ladrado ni una sola vez cuando el animal hijo de puta se mete en los corrales. Uno se entera de todo al amanecer… por la sangre.

    —Piénsenlo —aconseja Hugo—. Piénsenlo y verán.

    Durante el resto del día Hugo recuerda la mala suerte de sus compañeros. Teme que le pase lo mismo. Decide no ir más a sus granjas, al menos hasta que solucionen el problema, no vaya a ser que se le contagie la maldición. No visitarlos durante un par de fin de semanas para pasarse el día en la bebida y que la hija juegue con los perros de aquellos hombres no dañarán a nadie.

    Camina en el sendero pedregoso de vuelta a casa, la vista en el horizonte, el atardecer a sus espaldas. Casi arrastra las botas sobre las piedras. A lo lejos, tras las colinas, comienzan a divisarse el techo de la casa y del granero y la frondosa copa del roble que, según se cuenta, sembró su bisabuelo encima del cadáver de un perro rabioso que mató a golpe de palo. Podía seguir la imagen del roble siempre que quisiera volver a casa, era un faro entre las ondulaciones del terreno, un gigante en medio de la desolación de las tierras del sur.

    A través de la ventana, Carolina lo ve acercarse. Su padre es una silueta negra recortada en el fondo crepuscular, «la fría silueta de una fiera dormida», piensa… y cuyo rifle aguarda, bajo el desvencijado sofá, a que se le dé uso. Agita nerviosa la sopa con el cucharón para tener todo listo cuando Hugo entre. A él no le gusta esperar por la comida.

    Carolina escucha pasos ligeros recorrer el costado de la casa. Es la perra, seguida de sus cachorros. Van al encuentro de Hugo. Mueven las colas llenos de alegría. «¡No! ¡No!», susurra la chica. «¡Quédense!» Los perros no acatan la orden. Ella corre hasta el porche, Nena se abalanza sobre Hugo y a la muchacha se le atora la voz en la garganta.

    Hugo siente las patas juguetonas de la perra sobre sus piernas como si dos garras demoníacas procuraran subir para alcanzarle el pecho y destrozárselo. Los ojos del animal brillan en la oscuridad con esos tonos verdes que la conectan con otras bestias rastreras e indeseables de la noche. Se la saca de encima de un manotazo, Nena chilla, los cachorros parecen contrariados. El hombre apresura el paso hasta el porche, donde Carolina respira entrecortadamente.

    —Si no fuera por ti, hace tiempo los cuatro hubieran pasado a mejor vida —comenta el padre al pasarle por el lado.

    —Sólo te estaban recibiendo, papá, no hay motivos para ponerse así. Mira… ya la comida está lista. Hice una rica sopa, tómatela y relájate.

    —Eres una hija muy buena. Aunque no lo creas, busco lo mejor para ti y por eso te digo: ten cuidado con esos malditos animales. No confíes tanto en ellos. Son traicioneros.

    Carolina parece obviar las palabras y se dirige a la cocina, sirve dos platos y los coloca en la mesa. El padre enciende la chimenea y una lámpara de mano que coloca también en la mesa. La cabaña se ilumina pobremente en plena caída de la noche. Esa cosa a la que llaman electricidad aún no llega a la Araucanía. Se sientan a la mesa. Hugo apenas deja espacio entre trago y trago de sopa. Saca la vista del plato de vez en cuando para mirar a la hija, que remueve los trocitos flotantes de pollo con la cuchara. Su bata de casa tiene manchas de sudor y mucha suciedad. «Quizás ni siquiera se lavó en el día entero con tal de jugar con esos bichos», piensa Hugo.

    —¿No vas a comer? —cuestiona.

    —No creo. No tengo hambre. Más tarde como algo.

    —¿Me quieres engañar? ¿No será que guardarás la sopa para tus amiguitos de allá afuera?

    —No —murmura la chica, pero las facciones del padre se endurecen—. Lo juro. La sopa es para mí, dentro de un rato me la tomo.

    —¿Te aseaste hoy? No, ¿verdad? Tampoco piensas comer… y todo por esos perros.

    Tirando la silla a un lado, Hugo se le levanta, agarra el plato de Carolina y lo lanza a través de la ventana hacia donde los perros dormitan.

    —¡Qué se coman tu comida! ¡Terminarás hecha mierda! ¡A ver si cuando se te presente tu primer período les permitirás que se lo traguen directo de tus partes íntimas! ¡Idiota!

    Los labios de la púbera tiemblan casi de manera imperceptible, amparados a medias por las sombras que dejan las llamas. El hombre abandona la mesa y se dirige a su habitación a toda velocidad. Desabotona la camisa como si quisiera destrozarla y la coloca furioso en el espaldar de una silla. Se sienta en la cama perfectamente ordenada por su hija. Desde allí puede ver el roble, las gruesas ramas meciéndose y rechinando bajo la luna. Hay una rama no tan alta, que tal vez sirva para… para…

    Ni cae en la cuenta de que ha puesto la cabeza en la almohada. Los párpados se cierran. Respira lento. Cuando duerme en las noches, jamás despierta antes del nuevo día.

    Hay una rama no tan alta que tal vez sirva para…

    Amanece, pero es un amanecer extraño. Es el mismo amanecer de ayer. Es el mismo sueño de ayer que se repite desde hace varias semanas. No amanece todavía, Hugo sabe que está dormido. Le es imposible despertar. En el ensueño es el mundo muy luminoso. No hay sonidos en la casa. El roble da la sensación de fisgonear en el interior de Hugo. ¿Dónde está Carolina? El hombre camina hasta la habitación de la chiquilla. La encuentra dormida, cubierta hasta el cuello por la fina sábana blanca. Ahora sí se oye algo, un quejido sutil, anémico. Hugo retira la sábana. Es Carolina poco más que un consumido cadáver preñado de garrapatas obesas del tamaño de uvas, que succionan y succionan. La sangre espesa y oscura se escurre en la cama y cae al suelo y de repente han aparecido la perra y sus cachorros para beberla y el roble… el roble…

    El roble se estremece de arriba abajo porque el perro rabioso en sus raíces desea salir. Viene de muy lejos la jauría que se comió al padre de Hugo para ayudar al perro rabioso. Escarban, escarban. Los trozos de su padre gritan desde los estómagos de las bestias frenéticas.

    —¡Corre, Hugo! ¡Corre con Carolina o los perros sólo serán felices cuando les coman la carne y trituren los huesos!

    Entonces, el perro rabioso logra escapar de su prisión de tierra y raíces. La espuma brota a borbotones de sus fauces y de los agujeros de su cuerpo descompuesto. La jauría se abalanza sobre la casa siguiendo al perro rabioso. Atraviesan la pared de la cabaña como si no estuviera y el torbellino de ojos y colmillos salta hacia un Hugo que grita impotente y…

    Hugo despierta inquieto. Las gotas de sudor se deslizan en su frente. En esta ocasión despertó de verdad; puede oír el canto de los pájaros. El sol despunta detrás del roble. El roble. Hubo diferencias en este último sueño. Jamás su abuelo le había hablado en uno. No debe ser buena señal. Sale de la habitación y se topa a la hija preparando el café.

    —Buen día, papá. ¿No te bañaste ayer? —Carolina tiene burla en su tono—. Yo ya estoy bien limpia.

    El hombre pretende no darle importancia. Toma el rifle y sale de la casa. Busca con la vista a los perros. El matorral de siempre se mueve. Ahí duermen. Apunta. Con el rabillo del ojo observa la base del roble. Por un instante teme que el perro rabioso emerja de su tumba. Devuelve la vista al matorral y roza el gatillo. La mano suave de Carolina se posa en su brazo, otra vez. Otra vez la chica trae el café caliente. Ella comienza a pronunciar alguna palabra, pero él la interrumpe marchándose rumbo a los corrales. Allí se queda la muchacha, perdida, traga en seco.

    El grito de Hugo llena el campo. Gallinas destrozadas, patos decapitados, plumas de pavo por doquier. Únicamente ha sobrevivido una cría de cerdo y un puñado de pollitos que ante el espanto se han ocultado en la porqueriza.

    —¿Qué pasa? —Carolina corre al encuentro del padre.

    —Esa perra. Mató a los animales para darle de comer a los cachorros. Lo siento, Carolina.

    —No la vimos matando, no tienes derecho a decir eso.

    A paso firme vuelve Hugo hacia el matorral, la boca del rifle por delante. «¡No, no! ¡Por favor!», vocifera la hija mientras intenta detenerlo con manotazos en el pecho. Él la tira al piso de un empujón. Alza el rifle y apunta al matorral. Quiere disfrutar la mirada de curiosidad de Nena antes de volarle la cabeza. Los cachorros aparecen de entre el follaje mortecino y, con la torpeza característica de los niños, se acercan a los pies del hombre. «¡Aléjense!», grita. «¡Los reviento! ¡Los reviento!»

    La perra también sale del matorral en busca de sus cachorros. Los lame, ellos la lamen. «Volarle el cráneo», piensa Hugo, «no es tan buena idea. Mírala, tan tranquila con sus hijitos, tan serena como si no hubiera hecho nada. Dispararle a la perra sería en vano». Suelta rifle, va al granero y coge una gruesa cadena. El color del sol cubre el campo. Hugo toma asiento a la sombra abundante del roble. Llama a Carolina a su lado.

    —Sílbale a Nena —ordena a la hija luego de que ella le hace compañía; descansa el tosco brazo sobre los menudos hombros de la chica—. Que venga.

    —¿Qué vas a hacer, papá?

    —Atarla al árbol. Los cachorros deben a aprender que los malos pasos tienen castigo.

    —No abuses de Nena, déjala libre para que atienda a los perritos.

    —Sílbale.

    Carolina se niega. El padre aclara la garganta y llama, tierno, a la perra. Nena trota confiada respetando el mandato. La albergan los brazos calurosos de Hugo. A la muchacha le tiemblan las manos. Nena mueve la cola incitada por las caricias que el hombre le da en la cabeza y el cuello. Corren los cachorros a donde la madre, a la sombra del roble. Hay una rama no tan alta que tal vez sirva para…

    Despacio, Hugo rodea el cuello rollizo de la perra con la cadena. Los cachorros miran.

    —Al menos átala en un lugar que no reciba el sol, papá… y en el cual yo le pueda poner agua que no se caliente.

    El extremo libre de la cadena es lanzado por encima de la rama no tan alta. El hombre lo hala. Los cachorros miran. Carolina se pone de pie. Nena gruñe, chilla asfixiada por el encierro de la cadena, su cuerpo se eleva. Cuando las patas traseras ya no tocan el suelo, el cuello comienza a apretarse más y más. Un montón de chillidos ahogados dan paso a la baba chorreante y los lengüetazos tratando de detenerla. Los cachorros miran.

    La muchacha pretende sacar a la perra de la tortura, pero el padre le asesta una patada y cae rodando sobre los perritos. Hugo levanta aún más al animal. Las venas de su frente se hinchan por el esfuerzo. Son las manos dos máquinas empeñadas. Crujen sus dedos. Cruje el cuello antes poderoso de Nena; la vida se le va en unos quejidos casi infantiles.

    El hombre la deja caer. Carolina grita. A gatas se desplaza hasta el cadáver. Los perritos se aproximan, olisquean el cuerpo, dan toques con sus trufas en las patas de la madre para que se incorpore y juegue con ellos. La chica no puede detener el llanto frente a los ojos desorbitados e inyectados en sangre y la lengua lívida de la perra. Hugo aprecia la escena. Será una mañana agradable, quizás la primera en semanas, meses o en todo el tiempo que Nena llevaba viviendo con ellos.

    —Pues sí, resulta que fue esa maldita la perra la que mató a nuestros animales —comenta a sus compañeros un par de horas más tarde—. Pero ya no hay de qué preocuparse. Está bien enterrada bajo el roble con otro hijo de puta de los suyos. Lo mejor es que los cachorros vieron todo. Aprenderán a no jugar con fuego.

    —Es increíble —dice uno de ellos—. El animal viajaba poco menos de cinco kilómetros para matar pollos en mi granja teniendo pollos para hartarse en la propia granja que cuidaba.

    —¿Y si no quería atacar en su propia granja si no era necesario? —señala otro—. Creo que no tenía ganas de meterse en problemas.

    El tercer compañero queda pensativo. Carga una cesta de manzanas y se marcha susurrando.

    —¿Qué dices? Habla alto —fieramente espeta Hugo.

    —Si fue tu perra la que se metió en los corrales, nuestros perros hubieran ladrado, la hubieran atacado. Es lo más lógico. Mataste al animal equivocado, el verdadero culpable anda suelto por ahí. Volverá a tu granja porque es el único lugar en kilómetros que todavía tiene carne. A nosotros nos dejó secos.

    En la tarde, Hugo regresa a casa. El pedregoso camino se le hace más largo que de costumbre. Busca guía en la lejana figura del roble. Allí está, gigantesco, imperturbable. Corre, siente que debe tener en frente de sí a Carolina lo antes posible. Si en realidad no fue Nena la culpable, la verdadera bestia asesina posiblemente espera la caída de la noche para volver a asaltar. El hambre puede obligarla a atacar a la chica. Deben prepararse.

    Jadeante llega al porche. Echa un vistazo al sitio donde enterró a la perra. Continúa la pala clavada en el montículo que guarda el cuerpo. Grita el nombre de la hija. No hay respuesta. La casa está a oscuras. No ve a los cachorros en los alrededores. Camina temeroso hasta la habitación de la muchacha. ¿La bestia habrá atacado?

    Carolina yace en su cama con la boca cubierta de sangre seca. Debajo de las sábanas se mueven algunas formas. «¡Los cachorros! ¿Qué le habrán hecho a mi hija?» Hugo retira la sábana. La chica ni lo siente. Duerme plácida, respira con sosiego. Los cachorros, recostados en sus piernas, mastican los restos de la cría de cerdo y los pollos sobrevivientes de la noche anterior. En las uñas de Carolina quedaron atascados pequeños pedazos de plumas y piel.

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  ➤ Jona es un escritor cubano que ha hecho varios aportes a la literatura. Algunas de sus obras son:
  • Libro "El girasol" (2021) Editorial Primigenios.
  • Libro "El niño mecánico y otras ficciones" (2022) Editorial Primigenios.
  ➤ Pueden encontrarlo en Facebook e Instagram.

Comentarios

  1. Bonita historia pero triste ya el padre d Carolina mata al animal equivocado no vió el dolor q le causaba a su hija y a su vez la pierde a ella por necio bella historia hijo mío

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