Aquel hotel sobre la Panamericana


escrito por Albino Monterrubio

    El vuelo aterrizó en Buenos Aires a las 22:34, y el conductor me estaba esperando según lo previsto. Por desgracia, todavía quedaba un largo trayecto hasta llegar al destino final. Hacía calor aquella noche de las postrimerías del verano austral, a pesar de lo tardío de la hora.

    El chófer me informó de que ―como me temía― tomaría un buen rato cruzar la capital para llegar hasta Pilar, al noroeste. No, no conocía el hotel, pero seguro que Mónica, nuestra eficiente secretaria, habría elegido la mejor opción disponible en la zona.

    El Hotel P.W. se encontraba pegado a la Panamericana, en el ramal norte. Al verlo, se disiparon mis dudas sobre la posibilidad de que fuera un antro deprimente. Un jardín bien cuidado precedía a una casona de ladrillo, aislada por una valla de considerable altura.

    Rogué que el recepcionista fuera parco en palabras, y la providencia me favoreció. La chica del mostrador ―unos treinta años, ojerosa y de mirada perdida― era un prodigio de laconismo. Cogí la llave y me dirigí a la habitación asignada, planta baja, a mitad del pasillo.

    Me metí en la cama y me dormí enseguida. Lo siguiente que recuerdo fue despertarme sobresaltado por un ruido que no pude identificar. Tras innumerables vueltas sin poder conciliar el sueño, me levanté. Me vestí y salí de la habitación. El corredor, apenas iluminado, se dirigía a la derecha hacia el lobby y a la izquierda se difuminaba en la oscuridad. Investigué por esa parte. El corredor resultó más profundo de lo que en principio parecía. Al fondo topé con una puerta con ventanuco sobre el que un cartel informaba: «Spa y Sauna». Probé a abrirla, pero estaba cerrada. Decepcionado, reparé en un papel relleno con letras de imprenta que rezaba: «SAUNA CLAUSURADA».

    No tuve tiempo para reflexionar acerca de lo raro de la expresión porque entonces lo oí. O, en realidad, volví a oírlo, dado que ese era el ruido que me había desvelado. Sonaba como si un animal de tamaño mediano arañase con furia un panel de madera. El sonido ―aunque audible― no era tan fuerte para haberme despertado a esa distancia. Sin embargo, algo me decía que era el mismo que oyera entre sueños. No amplié las investigaciones. Regresé a mi estancia, me acosté y me dormí al instante.

    No desperté hasta que sonó la alarma del móvil. Tras espabilarme con el agua fría de la ducha, me acordé de la excursión nocturna. El sol entraba con fuerza por la ventana y las vistas daban a un apacible jardín. Deseché las explicaciones misteriosas que la noche anterior se me ocurrieron en la oscuridad del pasillo. Tras dar el último retoque al nudo de la corbata, me dirigí a la recepción.

    En lugar de la joven me atendió un hombre de mediana edad con algún kilo de más, que desplegó una amplia y artificial sonrisa. Al contrario que su compañera, era la verborrea en persona. Antes de haberle podido preguntar dónde servían el desayuno, Néstor ―así rezaba la plaquita identificativa― me había informado de que estaban encantados de tenerme como huésped «en la ilusionante nueva etapa de esta, su casa», una residencia «tranquila, segura y apacible». Aunque ―por lo que veía por el atuendo― el objeto de mi visita no eran las vacaciones, capaz que podría aprovechar las instalaciones para relajarme. Vi la ocasión de parar el chorro de palabras:

    ―Una pena que no pueda relajarme en la sauna, dado que está clausurada.

    Al momento me arrepentí de haberlo dicho. La perenne sonrisa de Néstor se borró como por ensalmo. Siguió una pregunta que me pareció sin sentido:

    ―¿Viene vos con frecuencia por Buenos Aires?

    ―No tanto. Es la tercera vez que vengo, la última hace más de dos años.

    Regresó la sonrisa, si cabe más artificial.

    ―Una lástima, señor. La sauna está en obras. Dado que solo tiene reserva para tres noches, me temo que no podrá utilizarla.

    No quise indagar más, a pesar de que me quedé con las ganas de saber si era costumbre de la empresa dejar animales sueltos por la noche para que deambularan por los pasillos.

    Por el camino a las oficinas del cliente recibí la llamada de Mónica. Tras preguntar acerca de la puntualidad del vuelo, inquirió con voz ansiosa sobre el alojamiento. La respuesta pareció aliviarla.

    ―Me alegro de que te guste. Ha sido complicado encontrar algo adecuado en esa zona.

    Tras asegurarle que no tenía ningún problema, colgué e intenté entablar conversación con el chófer sin lograrlo.

    La jornada de trabajo fue entretenida y me permitió abstraerme de cualquier preocupación. A la hora convenida vino el taxi de vuelta a por mí. El conductor era distinto, y a este le gustaba hablar, por lo que aproveché para preguntarle si solían trabajar con los huéspedes del hotel.

    ―No, señor. Lastimosamente, no. Hemos sobrevivido gracias a que trabajamos también para empresas del polígono. El P.W. lleva vacío casi un año. No levantan cabeza desde el incidente. Parece que el negocio puede despegar de nuevo, aunque sigue todo un poco muerto.

    Al decir esto rio, como si hubiese contado un chiste. Me disponía a preguntarle sobre ese incidente cuando llegamos al destino.

    La recepción volvía a estar atendida por la chica de las ojeras, si cabe más profundas que las del primer encuentro. Como las jornadas eran todavía largas, la temperatura agradable, y había vuelto antes de lo esperado, me dispuse a darme un chapuzón. Me puse el bañador, una camiseta, cogí una toalla y un libro y salí al jardín. La tarde se retiraba y me crucé con una pareja joven con una niña que volvían de la pileta. Era la primera vez que veía a otros huéspedes, lo que no consideré anormal por encontrarnos en la última quincena de febrero.

    Apenas aguanté un cuarto de hora, hastiado de que los mosquitos decidieran que ―a falta de otra víctima más apetecible― mis tobillos bien les podían servir como aperitivo previo a la cena. Al volver al interior, entré por la piscina cubierta y vi la puerta del spa, con la luz apagada y el cartel «SAUNA CLAUSURADA».

    Cené en el comedor, contiguo a la recepción. La carta era anodina y el ambiente deprimente. Aquella noche la sensación de honda desolación que te invade cuando cenas en soledad lejos de tu casa se multiplicó por diez. El amplio salón de mesas alineadas estaba vacío, excepto por la presencia de un imberbe camarero de flamante pajarita, tan holgada que le bailaba a cada movimiento. Por matar el tedio le pregunté cuánto llevaba en aquel trabajo, a lo que me contestó que ―al igual que la mayoría del servicio― se había incorporado hacía dos semanas y era este su primer empleo.

    Al llegar a la habitación trabajé un rato. El silencio era tan perfecto que no me atrevía a escuchar música, no fuera a molestar a los vecinos. No obstante, sospechaba que en esa ala no se hospedaba nadie más.

    Entonces volví a oírlo. Lejano y amortiguado, el sonido llegaba desde un lugar impreciso, si bien idéntico al de la noche anterior. Alguien ―o algo― arañaba un panel de madera. No soy de naturaleza miedosa, pero, a pesar de que no disponía de evidencias del origen siniestro de aquel ruido, un escalofrío me recorrió la espalda. El ambiente decadente, el silencio opresivo y la soledad me empezaban a jugar una mala pasada.

    Tras una breve vacilación, me levanté y salí al pasillo. A pesar de que no eran ni las once y media, las luces estaban apagadas. La claridad que llegaba de la recepción y de los apliques de emergencia ―que emitían un resplandor tenue de luciérnaga― iluminaban levemente el corredor. Localicé el sonido en el fondo, a la izquierda, donde se encontraba el spa. Tomé aire y avancé. El ventanuco estaba iluminado y el lugar que antes ocupaba el cartel «SAUNA CLAUSURADA» lucía vacío. Solo se oía un murmullo que se extinguió cuando posé la mano sobre el picaporte. Lo bajé y accedí a un pequeño vestíbulo que daba paso a los vestuarios.

    Detrás de un mostrador se sentaba una chica. Leía un libro y, al acercarme, levantó la cabeza. La primera impresión fue impactante, y me temo que no pude ocultarlo. Segundos después retomé el control. Debía sufrir una enfermedad de la piel, o haber tenido un accidente, ya que la cara presentaba aparatosas quemaduras y erosiones. El pelo, largo y castaño, crecía en despoblados mechones que cruzaban el cráneo de manera desordenada como el de una muñeca vieja.

    Le pregunté si el spa estaba abierto, a lo que asintió. Antes de que se me ocurriera otra pregunta para salir del paso, me fijé con horror en sus manos. La punta de los dedos se deformaba grotescamente sobre el mostrador y solo quedaban vestigios de las uñas como si tuviera la lepra. La poca tranquilidad que me quedaba me abandonó y, balbuciendo una excusa, me retiré.

    Antes de salir, reparé en las instalaciones. Parecían en perfecto estado de funcionamiento. Cuando encaraba el pasillo en penumbra, la chica habló por primera vez, con una voz extraña, apagada y lejana:

    ―Si vos les ve, dígales que les espero.

    No paré a contestar. Casi corrí hasta refugiarme en la relativa seguridad de la habitación. Los nervios me atenazaban y no sabía a qué atenerme. Por una parte, me avergonzaba de mi actitud. Lo razonable era compadecer a la pobre chica por su terrible enfermedad. Por otro, quería huir de aquel lugar solitario y apartado, con sus extraños ruidos y su aún más extraño personal.

    Para mantener el cerebro entretenido preparé el equipaje. Estaba decidido: a la mañana siguiente abandonaría el establecimiento. Por raro que parezca, me dormí enseguida. Sin embargo, mi sueño fue entrecortado y sembrado de imágenes extrañas en las que me sentía encerrado en un cubículo oscuro y asfixiante.

    Cuando salí, arrastrando la maleta, el mostrador de recepción estaba desierto, aunque se oían voces amortiguadas en el despacho interior. Distinguí la voz del gerente y la de su compañera. Discutían. Ella dijo: «no aguanto más, no podemos seguir así», a lo que el hombre respondió, tajante, con una frase que no entendí y que acabó con un claro «esta noche». Deduje que no tenían intención de salir en breve, así que presioné el timbre. La puerta se abrió como un resorte. Salieron ambos. Al ver la maleta, Néstor preguntó con una sonrisa forzada:

    ―¿Ya se va, señor? Esperábamos que se quedase dos noches más.

    ―Sí. Ayer me avisaron de que debo atender un asunto urgente en Buenos Aires.

    ―Una lástima, señor. Con el calor que hace, estará más cómodo aquí.

    ―Sí, una lástima, sin duda.

    Dado que me iba y era improbable que volviera, me permití un comentario impertinente:

    ―Por cierto ―dije, mientras guardaba la tarjeta de crédito en la cartera ―es una lástima la enfermedad tan terrible que sufre la encargada del spa.

    La reacción de la recepcionista, que revolvía papeles en una esquina, me dejó helado. Sollozó, rompió a llorar histéricamente y se metió como una bala en el despacho. Miré a Néstor, al que de nuevo se le había borrado de la cara la sempiterna sonrisa.

    ―Me temo que acabo de decir algo inadecuado.

    ―Señor, no sé de qué me habla. No tenemos encargada del spa.

    Sin querer prolongar más la situación, agarré la maleta, subí al taxi que me esperaba y me dirigí al trabajo.

***
    En la habitación de mi nuevo y moderno hotel ubicado en el bullicioso centro de la capital, navegué por internet introduciendo un par de búsquedas al azar. No tardé en encontrarlo: era un artículo de un diario local de sucesos fechado hacía catorce meses. Lo reproduzco:

    «Accidente fatal en un hotel–resort de Pilar».

    Mujer muere al quedar encerrada en sauna en circunstancias no aclaradas.

    E.D.V., de 28 años, con último domicilio conocido en Tigre, perdió la vida anoche debido a un colapso producido tras quedar encerrada en la sauna del hotel P.W. a más de cien grados durante un tiempo no concretado. La joven, que fue rescatada con vida, pero falleció cuando era trasladada al hospital, presentaba quemaduras en el ochenta por ciento del cuerpo, así como heridas en manos y pies, fruto de sus desesperados intentos de escapar. Si bien todo apunta a un accidente, la policía ha iniciado una investigación.

    Sobre el artículo, una foto de archivo de la fachada principal.

    A pesar de encontrarme lejos del hotel tuve una sensación de náusea. Busqué en el mismo diario noticias relacionadas. La siguiente entrada, apenas un apunte, era de una semana más tarde:

    «Gerente llamado a declarar por accidente en sauna».

    Néstor P.C., gerente del P.W. de Pilar, ha sido llamado a declarar a la comisaría 49 con relación a la muerte de E.D.V. sucedida el pasado viernes. Según información obtenida por este diario, la víctima ―que no era huésped del establecimiento― mantuvo hace unos meses una relación sentimental con el gerente, aunque hacía tiempo que no se veían. El hombre acudió acompañado de Mercedes S., responsable del turno de noche y su actual pareja.

    Tras esta noticia, nada más. Deduje que Néstor y Mercedes ―a la que identifiqué con la recepcionista ojerosa― no habían sido acusados por falta de pruebas.

    Las posibles ―si bien poco plausibles― explicaciones de las vivencias de las noches anteriores se amontonaban en mi imaginación y, aunque parezca ilógico, me sentía tranquilo, pues nunca volvería al P.W. Además, acabadas mis gestiones en Argentina, adelanté el vuelo de vuelta a Madrid. En breve todo quedaría en el olvido.

    Pero mis esperanzas eran vanas. Al día siguiente, mientras pagaba antes de salir hacia el aeropuerto, eché una mirada distraída a la pantalla de televisión que destellaba encima del mostrador de recepción. Sintonizaba uno de esos canales locales que emiten a todas horas noticias truculentas relacionadas con asaltos y accidentes de tráfico.

    Sin embargo, en esta ocasión las imágenes me eran familiares. Sobre un plano de la fachada del maldito hotel, un titular: «Nuevo accidente». La recepcionista se percató de mi expresión, pues me preguntó si me encontraba bien. A duras penas conseguí reponerme, y le pedí que subiera el volumen porque me interesaba esa noticia. Con gesto de asombro siguió mis instrucciones.

    La locutora, tras la que se veía una ambulancia con las luces encendidas, relataba un nuevo accidente en la sauna, mientras los enfermeros sacaban en camilla dos cuerpos envueltos en mantas. No esperé a que dieran más explicaciones. Ya sabía a quién correspondían aquellos cadáveres. Aboné la factura y salí a escape para el aeropuerto.

    Y ahora me encuentro aquí, tumbado en la penumbra del avión. Aunque estoy rodeado de personas es como si no hubiera nadie. He ido al baño a refrescarme la cara, pero no me he atrevido a entrar. Al posar la mano en el picaporte lo he oído claramente: alguien arañaba la puerta desde el interior. Ya no es una sola persona, sino tres, y me esperan.

    Me siento solo. Y tengo miedo.

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  ➤ Albino es un apasionado escritor español que ha participado en múltiples eventos literarios. Algunas de sus obras son: 
  • Microrrelato "Al final del túnel" (2021) Num.22 Revista Monociclo 
  • Relato "Un encuentro casual" (2023) Num.4 Revista Quién apagó la Luz
  • Microrrelato "Otra mirada" (2020) Año II, No.1, Vol.1 Revista Alborismos
  • Varias obras en los Nums. 6, 7 y 8 (2022-2023) de la Revista Droids & Druids
  • Varias obras en los Nums. 22, 24 y 26 (2021, 2022) de la Revista Relatos Increíbles
  • Participación en antologías, algunas son: "Terra Vacua" (2018), "II Concurso internacional relatos breves" (2021), "22 Cuentos de la España Vaciada" (2022)
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