La fantasía de David
![]() |
Foto de Emmanuel Codden |
escrito por José González
Sin saberlo me encontraba ahí, parado frente a una extraña fonda perdida en los suburbios más alejados, en algún punto de la ciudad. La noche detrás de mí junto al cansancio que sentía, me convencieron de entrar, dándome cuenta de la informalidad del establecimiento. Todo era muy raro, comenzando con la gente. El lugar estaba cubierto por humo y cada individuo era más peculiar que el anterior.
No quise clavar la mirada en ninguno, pero cuando caminé a la única mesa sola, pude ver de frente a un par de sujetos con deformaciones en sus caras, creo que tuvieron un accidente. Uno estaba sentado de costado, vi que su oreja izquierda había desaparecido, creo que solamente tenía el orificio, estoy seguro de que él no podría usar lentes. El tipo que estaba sentado acompañándolo tenía parte de su mandíbula torcida hacia la izquierda, parecía que estaba volteando la cara.
Al caminar por el centro del lugar creí ver bastantes personas iguales, pero más bien fue mi paranoia la que me puso a pensar en eso. Llegué a la mesa y su asiento me hizo tener los pies colgando, era más bien un banco. La extensión de la mesa no iba más allá de un círculo que pudiera tener más de dos platos amplios, era más parecida a la de un bar, aunque por los menús alumbrados en colores neón, esperaban que se pudiera comer en ellas.
Una mesera se acercó y me tomó por sorpresa su olor, era un aroma normal, pero con la particularidad de que ahogaba al tenerla cerca. Juraría que se echó toda la botella de perfume para ir a trabajar. Cuando me extendió la carta, vi su uniforme desgastado, aunque con la iluminación tenue del lugar, creo que algunos detalles podrían no ser como los recuerdo. Le pedí una Pepsi y se dirigió a la cocina. En lo que leía la carta, se acercó para dejarme en la mesa la botella de vidrio destapada, la miré a la cara para agradecerle y me di cuenta que tenía un severo problema de acné. Realmente era un problema serio, por eso lo cuento, toda su cara estaba cubierta de granos y protuberancias grasosas que hacían que su piel tomara varios relieves diferentes.
Me avergoncé cuando vio que sostuve la mirada sobre su rostro, aunque al parecer ya estaba acostumbrada. Me sugirió ordenar y para salir del paso pedí lo primero que vi cuando bajé la mirada al menú. Elegí un coctel y cuando la mesera se fue, traté de ver la extraña variedad de platillos que se extendían sobre la carta. Debido a la dificultad de la lectura por la iluminación, opté por echar un vistazo al lugar. Escuchaba que parecían discutir cerca de mí, pero al voltear, no había más que algunas mesas con personas que sí hablaban, pero que para nada tenían que ver con lo que yo escuchaba.
Comencé a fijarme en la infraestructura y noté que la madera que recubría las paredes tenía complicaciones de humedad, que incrementaban cerca de la cocina. Algo me hizo pensar que los problemas no se relacionaban tanto con agua brotando y colándose por las paredes, era más bien una grasienta capa que incluso pude oler a lo lejos, todo el sitio tenía cierto aroma que al principio escondió el perfume de la mesera. Dudé de la sanidad, porque mientras más veía, me convencía de que realmente era grasa la de la pared.
Traté de pensar en otras cosas y me di cuenta de que casi todas las mesas tenían un pequeño plato al centro que tenía una especie de cacahuates que se veían a la distancia y creí que a la mesera se le había olvidado atenderme como a todos. Pareció que me observaba y que podía leer mis pensamientos, porque en cuanto me descuidé, llegó desde un punto ciego y colocó un plato con cacahuates y movió mi Pepsi para hacer espacio. Volteé para decirle gracias, pero no permitió que la viera como al principio, al parecer estaba muy atareada y no le tomé importancia.
Probé un cacahuate y su sabor salado me pareció demasiado, pero lo calmé con la dulce sensación de mi bebida. Mientras el tiempo pasaba, me daba más la impresión de que la iluminación tan pobre que parecía de cantina, desentonaba con el supuesto restaurante que presumía ser el lugar, peor porque nadie comía nada, en general, solamente estaban tomando.
Una nueva figura entró por la puerta y le observé por algunos segundos, su cara a todas luces llamaba la atención. Del lado derecho de su rostro, descendía el balance de su simetría. Parecía que hubiese sido aplastado su lado izquierdo, dejando el ojo rasgado y apuntando hacia abajo con la mandíbula ligeramente inclinada. Seguramente si ese sujeto quería beber algo, debía cerrar bien la boca para que no se le escapase el líquido por la comisura de sus labios.
Quitando todo lo anterior, lo que realmente hacía que su cara fuera amorfa, era la nariz. El orificio nasal del lado izquierdo era inexistente, quizá una mínima rendija permitía que entrase aire por ahí, además de que su equivalente del lado derecho, era el doble de lo que debía ser, y al visualizarlos juntos, no había más que admirar el contraste. Avanzó y se unió a unos tipos en una mesa al fondo de la habitación que se distinguían por el chocar de las botellas de vidrio y el tintinar de los vasos.
Nuevamente la mesera llegó de la nada para ponerme en la mesa el coctel servido en una copa y se alejó mientras su ahora ya penetrante aroma me hacía atragantar. Insisto en que no era un mal olor, pero el exceso provocaba que me ahogara, no entendía cómo sus compañeros en la cocina o incluso ella misma, no se daban cuenta. Parecía que cada que salía de la cocina se ponía más perfume. Cuando se fue, algo llamó poderosamente mi atención, pero pasó desapercibido por todos los que se encontraban ahí. Un tipo que se levantó de una mesa se estiró buscando que sus huesos y músculos descansaran de la posición.
Temí que por la cercanía podría verme espiándolo, por eso tomé mi cuchara y removí el contenido de la copa mientras de reojo, seguí viéndolo, estaba como hipnotizado y fue peor cuando el tronar de su cuello se escuchó fuertemente pese al ruido del entorno. El rostro del hombre comenzó a descender, lo sé porque estaba enfocado con su cara, pero no como si se agachara, fue de lado, doblándose a la derecha. Al terminar el movimiento, su cuello parecía una protuberancia estirada y tensa, dejando su rostro con los ojos uno encima del otro en relación a la alineación de su cuerpo.
Pese a la malformación, pudo pronunciar palabras de despedida y su boca se movió con toda naturalidad cuando extendió su discurso a los que lo habían acompañado en la mesa. Me quedé atónito porque a nadie le pareció sorprendente lo que había pasado; estuve como fuera de mi cuerpo después de ver eso. Tragué saliva con una engañosa serenidad y procedí a probar mi coctel; lo hice todavía viendo al extraño sujeto y su cuello doblado, lo que provocó que perdiera cuidado del contenido de mi copa. Fue un error fatal. La cuchara que sostenía mi mano llevó a mi boca lo que al principio se sintió como un camarón, como uno particularmente largo.
Mi equivocación no pudo ser más grotesca. Al masticar el pedazo de comida, me di cuenta de su consistencia pastosa. Había cortado un trozo con mis dientes porque al parecer el largo superaba lo que podía comer de un bocado. Lo tragué y ahí sentí que algo estaba mal. Algo en mi estómago me advirtió problemas. Con un afán endeble, logré separar mi vista del sujeto del cuello y miré por primera vez el contenido de la copa que nadaba en la salsa de tomate que acompaña comúnmente a un platillo así. Un trozo entre rosado y blanco salía a la superficie con normalidad, pero al levantarlo con la cuchara sospeché que, o era un camarón anormalmente largo, o algo más estaba esperándome.
Metí la cuchara al fondo de la copa y levanté lo que parecía no estar separado, sino incorporado a una sola forma. Al principio no vislumbré lo que era, puesto que su color presumía ser idéntico al que los camarones toman cuando son preparados, pero con detenimiento, mi mente armó el rompecabezas con las imágenes que tenía, quitando el velo de ignorancia que hubiera sido mejor dejar. Un ciempiés estaba enroscado lateralmente, pude ver como del centro una espiral carnosa se desplegaba y encima de ella, varias patas diminutas se alineaban siguiendo su orden natural.
Cuando mi consciencia identificó lo que tenía frente a mí, mis sentidos categorizaron la sensación en mi boca, esa que me pareció extraña y que ahora entendía: varias patas habían rosado mi lengua y mis encías, siendo esto lo que no entendí, coronando la creciente pesadilla grotesca que estaba viviendo. Asocié el pensamiento razonado de haber tragado un pedazo de ciempiés y mi estómago replicó con una sensación digna del asco más grande que cualquier persona hubiera tenido.
Predije que, si no podía controlarme, mi estómago rechazaría lo que el pensamiento trataba de explicar y vomitaría sin remedio. Respiré hondo. Traté de calmarme y un dolor de cabeza me tomó por sorpresa, añadiendo un malestar más a mí ya de por sí deplorable condición. Busqué distracción en mi mesa y una pesadez en mis ojos me acometió cuando pude ver claramente como los cacahuates habían cobrado vida y se movían unos encima de otros tratando de salir del plato donde estaban.
Ya con la cabeza a punto de estallar y al borde de soltar la barrera que hasta ese momento contenía mi vómito, me dirigí a un tipo que pasaba frente a mí. «¿Te lo acabas?», le pregunté al levantarme y señalar con mi mano temblorosa la copa con el coctel de ciempiés. Cuando el tipo aceptó mi invitación, me di cuenta que era el que tenía el rostro aplastado, el de las cuencas de la nariz dispares. Se sentó y mientras me alejaba, la imagen en la que mordida a mordida tragaba el ciempiés mostrando un extremo de la alimaña en la boca amorfa y la otra en la copa, me causó llegar a un punto en el que soltar o no el vómito ya no era decisión mía, quizá fue suerte lo que me permitió no hacerlo.
Tambaleándome, llegué a un punto donde podía ver el interior de la cocina. Ahí se encontraba la mesera y como entonando con lo que había visto, contribuyó al asco cuando se inclinó a una hoya redonda en la estufa y del acné que tenía en su cara, salieron chorros de grasa gelatinosa que se mezcló con los ingredientes contenidos para crear una receta especial. No quise comprobar cómo se veía el platillo, me limité a seguir caminando y de reojo vi como la mesera quitaba de su cara el sobrante de grasa que no había fluido a la hoya y lo embarraba con sus propias manos en la pared de la cocina que compartía con el interior del restaurante. De ahí la grasa que atiborraba el lugar.
Con arcadas cada vez más fuertes, caminé lentamente a la salida que al principio percibí distante y ajena. Un terror latente me acompañó a cada paso, temía que algún personaje percibiera mi huida y quisiera detenerme. Pero no pasó. Logré salir y recuerdo que quise cruzar la calle. La noche se había hecho más oscura y tanto mi cerebro como mi estómago estaban perdiendo una guerra en contra de su propia cordura y estabilidad. La última imagen que tengo es la de mirar hacia atrás mientras cruzo la calle y ver como la puerta por donde acababa de pasar parecía perseguirme como una boca que se va abriendo y quiere devorarme.
***
—Creo que necesita descansar —dijo el médico, dando por terminada la parte de la evaluación donde toma nota. El silencio posesionó la habitación.
—Sí, doctor, no me siento muy bien. Quiero intentar dormir —respondió el paciente postrado en la cama.
—Sólo una cosa más, Enrique, ¿cuándo… cuándo pasó todo esto? —preguntó el médico y atentamente esperó la respuesta.
—Ayer, doctor. Creo que me atropellaron y por eso estoy aquí.
—Comprendo. Voy a dejarlo descansar.
Ya por la noche, revisó nuevamente el expediente. Había un desfase de cuatro años en los que el paciente Enrique Lerma había ingresado y cuando pudo relatar lo que le sucedió; cuestión que a todas luces era producto del coma que vivió durante esos 48 meses que para él pasaron desapercibidos. Leyendo el reporte de ingreso, se enteró que había sido atropellado a las 12 del mediodía en la calle Aldama en el Barrio de Tierra Blanca de la ciudad de Durango, mientras cruzaba una calle. El culpable se dio a la fuga y un vecino relató los hechos. La cuestión para el doctor radicaba en una decisión importante que debía tomar esa misma noche: llamar o no al sanatorio mental San Juan para preguntar sobre una valoración, y quizá, un posible traslado.
━━━━━━ ◦ ❖ ◦ ━━━━━━
➤ José es un escritor mexicano apasionado por las historias sobrenaturales y el cine del afamado director David Cronenberg.
Comentarios
Publicar un comentario