Ellas

Foto de Stev3 Cassar

escrito por AMSI

    Tres enormes objetos extraterrestres se dirigen hacia nosotros de forma vertiginosa. Han surgido de la nada. Los sistemas de alarma no han saltado porque nadie ha podido predecirlo, y ahora solo nos queda rezar. Sin embargo, al entrar en la atmósfera sucede algo inesperado: los tres gigantescos meteoritos estallan y se disgregan en cientos de miles de fragmentos que, en realidad, son letras. Vocales, consonantes y signos, con el tamaño y la apariencia de inofensivas pompas de jabón, que comienzan a combinarse entre sí hasta formar palabras y frases. Tres lluvias, tres historias cayendo a cámara lenta, al unísono. Tan solo eso: tres simples ficciones que jamás harían daño a nadie, a no ser que…

    Julia, una escritora aficionada, torpe, insegura, mira en ese instante por la ventana. Observa las tres nubes de palabras, las estudia, y elige la del centro. La caza al vuelo. La lee, la copia, la teclea. La secuestra, adapta y manipula a su antojo, hasta darle una forma caprichosa. Quiere participar en un concurso, y esa historia llovida del cielo es… perfecta. Con el punto justo de surrealismo. Aunque, ahora que lo piensa, quizá no lo sea tanto. Quizá debería haber elegido una de las otras dos. La historia de la derecha, por ejemplo. Pero claro, en ese caso, se habría topado contigo, que también observaste esa lluvia tan especial y que también andabas empeñado en capturar un cuento perfecto.

    Ella y tú habríais luchado por ser los únicos dueños de la idea. Y, en el fragor de la batalla, te habrías percatado de la enfermedad terminal de Julia, comprendiendo que ese concurso era su única esperanza. Un último reto al que aferrarse, para sentirse realizada y poder morir en paz. Entonces habrías sentido pena y compasión por ella. Incluso empatía. Sí, empatía, porque tú también tienes lo tuyo, reconócelo (ya sabes, ese problema tan chungo que llevas arrastrando y que aún no has contado a nadie).

    Pero justo ahí, al ver que vuestro cuento, que tu historia, se estaba volviendo melodramática, o quizá algo costumbrista, o incluso aburrida, habrías amenazado de repente con un cuchillo la garganta de Julia, y ella, gracias a sus raíces orientales, se habría zafado y te habría reducido con una llave mortal, aunque, por suerte para ti, después habría tropezado con el borde del precipicio donde peleabais y, al caer al vacío, se habría ido rasgando músculos, arterias, labios y ojos con las puntiagudas rocas de la montaña. Lógicamente, los monstruos infernales que aguardaban ocultos en las cuevas habrían aprovechado para devorar sus entrañas al vuelo, mientras decenas de francotiradores cosían a balazos lo poco que quedase de su maltrecho cuerpo, antes justo de caer y hundirse, con penosa lentitud, en la densa lava de un volcán incandescente.

    Una vez en soledad, y atisbando el precipicio que cualquier escritor percibe al asomarse al fracaso, tú habrías caído en la cuenta de que la de la derecha tampoco era una historia perfecta, sino una simple y absurda tragedia más, como tantas. Y habrías pensado que, tal vez, si hubieras elegido la otra, la de la izquierda, pues…

    Pero ahí yo te habría dicho la palabra: quizás. Sí, amigo lector, no me mires así. «Quizás» es una sabia palabra, como cualquiera de las que digo o escribo. Y es que la historia de la izquierda también es mía. Y perfecta, como todo lo que hago. Porque, hasta donde te alcanza la vista, todo forma parte de mi obra. Julia, la montaña, los meteoritos, las tres nubes, los monstruos, los  francotiradores… Incluso el concurso, también es mío. Yo soy el puto amo de esta movida.

    Dada la situación, y seducido ante mi poder y grandeza, tú te habrías enamorado. Y yo también, la verdad, porque es imposible no enamorarse de una persona como tú. Y, durante un lapso de tiempo nos habríamos apartado de la ficción para dejarnos abducir por los sentimientos terrenales. Incluso yo, pluscuamperfecto escritor, habría descuidado un tanto mi prosa. Y habríamos recorrido a ritmo raudo la ribera del río, retozando y riendo. Friccionando con frenesí de forma frecuente. Locuelos y alelados, cual lindas libélulas que liban las mieles de los lirios y las lilas a la luz de la luna.

    Tras el primer calentón del amor, habrías aprovechado mi descanso postcoital y, creyéndome dormido en la playa, te habrías acercado con sigilo para robarme este súper poder mío, el de la escritura perfecta. Pero yo, héroe glorioso, habría reaccionado haciendo la croqueta, embadurnando de arena  mi atlético cuerpo, y provocando en ti una nueva oleada de necesidad sexual. Y habríamos retozado de nuevo, esta vez con menos amor y más desconfianza, con menos orgasmos y más mala leche, sin percatarnos de lo que estaba ocurriendo en el mar. Y es que, en ese instante, con toda probabilidad, estaría emergiendo de las profundidades el espíritu de Julia, regresando del más allá para recuperar su cuento del más acá. ¿Cuál de los tres? Pues da igual. Cualquiera. Los espíritus son menos exquisitos que nosotros.

    Y en ese preciso momento en el que Julia se iba a unir a la pelea y al fin íbamos a hacer un trío, justo ahí, las tres nubes extraterrestres nos han abducido. Ha sucedido muy rápido. Las letras se han amontonado y las tres ficciones se han ido comprimiendo, con nosotros dentro, hasta convertirse de nuevo en esos objetos alienígenas que habían llegado de forma inesperada.

    Y así, hechos puré, embutidos en el interior de los meteoritos, hemos muerto los tres. Julia por segunda vez, y tú y yo por primera (aunque nuestro amor, mi vida, jamás morirá, necesito decírtelo en estos momentos tan difíciles). Y nuestros cadáveres han sido transportados de vuelta al planeta de donde provienen los cuentos.

    Porque, como todo el mundo sabe, no somos las personas las que elegimos a las historias. Sino que son ellas las que nos eligen a nosotros.

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  ➤ AMSI es un escritor español con gran pasión por las letras y un deseo irrefrenable por compartir las suyas.

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