Expediente Tibicenas
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Foto de Michaël Martin |
escrito por A.L.H.
SE REPITEN LOS ATAQUES EN LOS ENTORNOS RURALES
Esta vez le ha tocado el turno a los ganaderos del pueblo de Santa Lucía, los cuales han amanecido con numerosas perdidas de cabezas de ganado. Sorprende las atrocidades halladas en las escenas del crimen dónde predominan los cuerpos desmembrados. Ante la inexistencia de lobos por la zona, ya son muchos los vecinos que señalan la autoría a un ser sobrenatural. El cabo Juan, comandante del puesto de la Guardia Civil de Tejeda, ha declarado que se está llevando una investigación al respecto; dos de sus agentes se encuentran trabajando en el llamado: EXPEDIENTE TIBICENAS
Capítulo 1: EL RASTRO
El espectro de una niña sobrecargaba los hombros de Galván, rezagando su marcha. Santaella se encontraba diez pasos por delante. Lo esperaba con el chopo* apoyado en el último pino que limitaba el bosque con la llanura desarbolada. Aprovechaba su sombra para no exponerse al sol de finales de septiembre. De la cartera que colgaba a un costado, sacó una caja de cerillas y otra de tabaco negro marca kruger. Delante de él se descubría el barranco de las Tirajanas y atrás quedaba el hermoso pinar de la cumbre.
La pareja de guardias civiles llevaba más de siete horas en el monte. Seguían el rastro que dejaba la bestia y escrutaban los comentarios de la gente.
Galván, que doblaba la edad a su compañero, no tardó mucho más en alcanzar al joven que recién había cumplido los veinte. Se tiró a la pinocha* para coger un respiro que aflojase los invisibles y menudos brazos que estrangulaban su cuello. Extendió la pierna de la que cojeaba y se la frotó entre quejidos. En su anterior enfrentamiento con aquella criatura no salió bien parado; para el recuerdo le dejó una extremidad mocha, una detestable cicatriz en el lado izquierdo de su rostro y una pesada carga sobre su consciencia. Desde entonces, había jurado darle caza.
—Ya casi estamos —dijo el hombre desfigurado—, mientras extendía la mano hacia su compañero para solicitarle el cigarrillo—. Detrás de esa elevación se encuentra la granja de don Genaro. Según los vecinos, allí fue donde actuó anoche.
Las moscas pegajosas bailaban aturdidas alrededor de ellos por el calor de media tarde. Las gotas de sudor le corrían paralelas al barbuquejo de cuero que les ceñía el cuello y que convertía el sombrero de tres picos en una extensión de su propio cuerpo.
Mientras exhalaba el humo de su boca, Santaella cedió el cigarrillo a su renqueante compañero. A lo lejos divisó los primeros campos aceituneros de aquella localidad y añoró el olor del olivar durante la floración. Extrañaba su Jaén natal y no terminaba de habituarse a aquella isla alejada de la mano de Dios, donde fue destinado de manera forzosa.
Por contra, Galván se había adaptado perfectamente. Mucho más veterano que él, fue trasladado allí una década antes. Natural de Madrid, participó en varias partidas contra los maquis* en el monte, donde realizó acciones de las que no estaba para nada orgulloso. Después de los estragos de las guerrillas antifranquistas, llegó a aquel destino con una muy pesada carga sobre sus hombros que las olas del mar fueron ahogando, poco a poco, en las profundidades del Atlántico.
Aquellas islas le habían devuelto la paz que tanto buscaba. Lo que no esperaba era contraer allí nuevos remordimientos. Ahora, no entendía cómo había podido vivir tantos años lejos del mar. Justo al contrario pensaba Santaella, estar rodeado de agua le creaba una sensación de angustia y asfixia, por eso quería volver a la península en cuanto tuviera una mínima oportunidad. Y este caso, esa bestia podría ser su billete de salida.
Capítulo 2: DON GENARO
Don Genaro se encontraba sentado al fresco debajo de una higuera, con el cachorro* encajado y el naife* a la cintura, cuando advirtió la figura de dos hombres de respetables uniformes con los fusiles colgados al hombro. La pareja que se aproximaba a la granja resaltaba como lo más verde de la desangelada llanura por la que caminaban. El sol se reflejaba en el sombrero de fieltro negro encandilando a aquellos que lo miraran de frente. Pero lo que más imponía era la nueva prenda de uniformidad, una capa sobre los hombros que llegaba un poco más abajo de la rodilla.
El anciano hizo un ademán de incorporarse sobre su viejo cayado como muestra de respeto. Los foráneos se dirigieron rápidamente a él.
—No se moleste cristiano, no hace falta que se levante —dijo el madrileño con voz ronca, pero amable—. Nos han dicho en el pueblo que anoche sufrió un ataque y que perdió parte del ganado.
—Buenas a las de Dios —replicó el anciano de ojos azules vidriosos—. Así mismito es, un verdadero destroso, oiga usted. Acompáñenme que se lo mostraré.
Y mientras el viejo caminaba, continuó hablando.
—Sobre unas sincuenta cabesas de gana'o tendría yo, sin contar un macho y un puña'o de baifillos. Ayer los dejé enserra'os en el corral sobre las seis de la tarde, como siempre, y cuando volví por la mañana, los encontré muertos. Asérquense sin tapujos, para que novelerien.
Al asomarse al recinto, los agentes miraron con asombro el panorama. La mezcla de olores producía náuseas, hedía igual a cadáver que a estiércol. El mosquerío se estaba dando un festín con algunos miembros mutilados y los restos de sangre que se proyectaban en todas direcciones.
—¿Y no tenía usted un puñado de perros que pudieran repeler tal ataque? —El madrileño bufó casi estrangulado, ya que el horrorizado espectro apretaba su cuello hasta asfixiarlo.
—Por supuesto, habían tres. Duque y Tigresa eran una pareja de bardinos que me ayudaban con el gana'o, eran ágiles y tenían mala idea. Tequila era un perro de presa que guardaba la finca, ya sabe que estos perros son más pesa'os y brutos. Sus ladri'os ayudaban bastante a espantar a los amigos de lo ajeno, ¡ya me entiende usted! Cada noche, cuando recogía el rebaño, soltaba a los tres dentro de la finca. Lo que quedó de'llos lo enterré a primerita hora esta mañana.
—¿No es posible que este ataque fuera provocado por una jauría salvaje?
—Segurísimo que no, o alguno hubiera caí'o a manos de los míos. Cuando Tequila trinca, no suelta y ya le digo yo, que más que sea uno hubiera encontra'o muerto. Aparte que este destroso es antinatural y no conosco a ningún perro tan grande para dejar una marca así.
El anciano señaló el cadáver del macho cabrío, el cual yacía en el suelo sin cabeza y con un mordisco que le cubría el lomo de adelante a atrás.
—Sin ningún lugar a dudas, esa marca corresponde con un tibisenas —sentenció.
—¿Los ha visto usted alguna vez? —preguntó Santaella, saltándose por primera vez el protocolo sobre normas de actuación que aplicaban con rigor y que dictaba que el jefe pareja llevara la iniciativa; quedando el auxiliar relegado a un segundo plano.
—Verlos, lo que se dise con mis ojos… ¡no!, pero sé que esisten. Cuando yo era un pibe*, presensié una essena igual que esta en la granja de mi tío Juan. Recuerdo que los hombres del pueblo se armaron con carabinas y salieron al monte. Mi padre no me dejó ir, dijo que pudiera resultar peligroso. Dos días después regresó la mitad de los hombres. —Hizo una pausa melancólica. Por un instante sus ojos parecieron humedecerse aún más de lo que ya lo estaban—. Entonses tuve que haserme cargo del rebaño de mi padre.
—No se preocupe, le daremos caza. Presiento que estamos cerca —contestó Galván—. ¿Sabe qué dirección pudo tomar?
—La verdad que anoche no me quedé aquí. Como ya estoy mayor, mi hija me obliga a dormir en su casa. Pero si quieren, al final de la finca tengo un huerto, que ya no trabajo porque es mucha faena y la edad no me permite que lo cuide como se merese. En él tengo un viejo espantapájaros gruñón, que no se habla conmigo desde hase años porque dise que lo tengo descuida'o, pero entiéndame usted, esta uno mu' mayor ya pa' tantos quehaseres. Él pudo ver a dónde se dirigió la bestia y, quién sabe, tal ves con ustedes sí quiera alegar*.
—Muchas gracias, don Genaro, que siga usted bien.
—¡Mucha suerte a ustedes! —Y en un susurró casi inaudible añadió—: La van a nesesitar.
Capítulo 3: EL TESTIGO
La pareja se dirigió al huerto. Allí anduvieron entre la maleza y las tomateras marchitas hasta que encontraron al susodicho en cuestión. El espantapájaros presentaba un aspecto deplorable, con la ropa raída y descolorida. Con él, el señor tiempo había empleado toda su ira; con un par de clavos oxidados colgaba a duras penas del palo que lo sostenía; sin sombrero, el cual salió volando unos cuantos años atrás; con un brazo en el suelo y el otro a punto de caerse; con la mirada, de los botones que alguna vez fueron negros, totalmente blanca por la incidencia del sol.
El jefe pareja inició la declaración al posible testigo.
—Buenas horas sean.
Pero no recibió respuesta alguna.
—He dado las buenas horas, ¿es que acaso usted no me ha escuchado?
—Perfectamente —el pelele* alzó la cabeza que, hasta entonces, había permanecido con la barbilla apoyada en el pecho—. De hecho, probablemente lo único que aún conservo como el primer día son los oídos y el olfato, porque del resto, en fin, ya lo ve usted, ¡soy un auténtico despojo!
—Es evidente que el tiempo no se compadece de nadie.
—Ya veo que con usted tampoco ha sido generoso, le he oído arrastrar esa pata mocha.
—Eso no fue el tiempo, sino algo peor, ¿o es que acaso no ha visto bien mi cara?
—Sinceramente, señor, me cuesta hasta diferenciar siluetas. Mire mis ojos, he perdido gran parte de la visión. Empecé por no distinguir los colores, luego formas concretas, a día de hoy solo veo sombras.
—¿Entonces anoche no vio nada de lo que sucedió aquí? Porque imagino que se ha enterado de lo acontecido.
El espantapájaros no contestó a la pregunta del guardia más veterano. En su interior estaba muy dolido con don Genaro. Aquel que tiempo atrás fue un buen amigo, pero que poco a poco se fue alejando, lo había dejado en la más absoluta de la soledad, sin remendarlo cuando este lo necesitaba. Su descuido no solo implicaba los daños físicos del monigote, sino que impedía que este ejerciera su trabajo con solvencia y dignidad, lo que provocó que fuera motivo de burlas. Debido a eso, los cuervos campaban a sus anchas en el huerto, destrozaban la cosecha y hacían caso omiso al pelele. El punto de inflexión llegó el día en que esas aves negras del demonio se posaron sobre él para picotearle la cara y defecarle encima. ¿Podía haber mayor humillación para un espantapájaros?
Por ese motivo no quería responder. Si en su momento no recibió ayuda cuando más lo necesitaba, entonces tampoco lo haría él. Su rencor le hacía pagar con la misma moneda de la indiferencia.
Pero aquella pareja necesitaba respuestas y no iban a permitir que nadie se interpusiera en su particular cacería. El más alto de ellos se acercó al muñeco cojeando, intentó esconder la chepa* y se estiró para poner sus ojos a la altura de los botones descoloridos del monigote. Mirándolo fijamente, le dijo en un tono nada amigable:
—¿Qué sabes de lo que sucedió anoche?
El testarudo pelele no contestó. El guardia lo agarró por el único brazo que le quedaba pegado al cuerpo.
—Cuéntanos algo ya, si no, no me dejas otra opción. —Y le apretó con fuerza el hombro.
La única respuesta que obtuvo fue el silencio. Así que Galván tiró del brazo enérgicamente hasta arrancárselo de cuajo. El grito que dio el espantapájaros resonó en el barranco, y una bandada de cuervos salió volando del huerto. ¡Irónico!
El madrileño sintió un escalofrío que le erizó el vello bajo el uniforme. Descendió la mirada a aquello que lo había provocado y encontró al espectro infantil con semblante triste, agarrado a su mano y tirando de él. Se arrepintió inmediatamente de su actuación. Muchos años atrás se había propuesto evitar métodos abusivos durante los interrogatorios, pero pensó que ese caso era especial y que bien valía la pena. En ese momento, bajo la atenta mirada represora de su carga, no estaba tan seguro de haber tomado una buena decisión.
Santaella se percató de que su compañero se encontraba mentalmente ausente, mirando a la nada. Aturdido por miles de pensamientos que se agolpaban en su mente, intentaba que su cerebro justificara a su alma la necesidad que tenía de haber llevado a cabo aquella acción. Así que, con acierto, decidió asumir el mando de la actuación y relevarlo en el interrogatorio, aunque no tenía ninguna intención de ser menos vehemente que su compañero. Tenía bastante claro que el testigo cantaría por soleares* y de eso se encargaría personalmente.
Capítulo 4: LA DECLARACIÓN
El novato no había sufrido en sus carnes los estragos de la Guerra Civil o de las partidas antimaquis en los montes. Pero había recopilado un sinfín de batallas de sus compañeros más antiguos, en las cuales relataban ciertos procedimientos, cuya justificación no era otra sino una guerra en tiempos de paz. Algunos la contaban con saña para divertir a los oyentes y hacerse los machitos, pero muchos otros lo hacían como expió de sus culpas, convirtiendo los bares en improvisados confesionarios, y el alcohol, en penitencia.
Y Santaella había sido una esponja, siempre presto a escuchar viejas historias. Deseaba convertirse en uno de los del primer grupo y encontrarse en situaciones que justificaran algún tipo de esas actuaciones. Ansiaba formar parte de esa tradición oral de manera más activa que hasta entonces, y demostrar así sus agallas a la parroquia.
Se acercó con paso firme al monigote, que aún no había soltado prenda* y que además no dejaba de lloriquear.
—No te lo volveremos a preguntar. Queremos que nos cuentes cualquier cosa que creas que pueda servirnos de ayuda. —Hizo una pausa antes de continuar—. De antemano te advierto que yo no tengo la paciencia que tiene mi compañero, así que empieza a hablar.
—¡Que os jodan, picoletos*! —increpó el pelele entre sollozos—. No pienso decir una puñetera palabra, podéis destrozarme más de lo que ya estoy si eso os hace feliz. Ya apenas tengo dignidad, no me importa nada lo que hagan conmigo.
—Muy bien, tú lo has querido.
Del interior de la cartera volvió a sacar la caja de cigarrillos. Se llevó un kruger a la boca y ofreció otro a Galván, el cual parecía haberse restablecido de su trance emocional. Prendió la cerilla. La vista del espantapájaros se dirigió hacia el resplandor, poco reconocible si no fuera por el evidente sonido que produce el fósforo al combustionar con la caja.
Santaella ofreció primero el fuego a su compañero, seguidamente se lo llevó a la boca para encender el cigarrillo que se encontraba entre sus labios secos y cortados. Mantuvo la llama viva entre los dedos. El monigote buscaba la luz entre las sombras, intentaba averiguar los movimientos que no podía ver con nitidez. Esa cerilla y el silencio de sus interrogadores le provocaban un miedo atroz. Hizo lo posible por desclavarse de aquel maldito palo y salir corriendo como alma que lleva el diablo, pero fue en vano. Su lamentable estado le impedía superar los clavos oxidados y la madera hinchada por la humedad y el paso del tiempo. Era consciente que lo hacían para intimidarlo y no se equivocaban, lo estaban consiguiendo. Y comenzó a temblar.
Los cigarros humeaban, la pareja ya había dado las primeras caladas y el pelele lo percibió olfativamente. Ahí continuaban en silencio, con la llama aún encendida.
Los hombres se miraron entre ellos y sus ojos hablaron. Uno decía que no se entrometiera, y el otro le pedía que, por favor, no lo hiciera. Ellos se entendían, no hacía falta gesticular palabra alguna. Uno obedeció a su compañero, pero el otro no. De repente el espantapájaros comenzó a arder.
El fuego se extendió rápidamente. Galván se dio la vuelta y enterró la cabeza del espectro entre sus muslos. No podía mirar, ni permitir que aquella niña lo hiciese. Se preguntó si algún fin era suficiente para justificar esos medios.
Santaella se quedó allí de píe, frente al monigote, saboreaba el tabaco mientras lo veía prender. No mostraba ningún tipo de empatía. Escuchó con parsimonia los gritos de compasión y auxilio del muñeco, aguardando el momento exacto para hablar. Disfrutaba del dolor ajeno.
¿Y cuándo llegaría ese momento? Eso no te lo enseñaban en ninguna academia, o tenías ese don para saberlo o lo adquirías con la propia experiencia; y el novato tenía un manual de experiencias de otros que le había servido de autoformación. Esperaba con paciencia, como un auténtico veterano en el manejo de los tiempos.
—¿Quieres contarme algo ahora?
—¡Apágalo, apágalo por favor! —gimió desesperado mientras el fuego se propagaba con rapidez por su entrepierna.
—Dime qué sabes de lo que sucedió anoche.
—Solo oí golpes, algunos ladridos y los berridos del ganado. Nada más. Todo fue muy rápido. Poco a poco los ruidos se apagaron.
—¿Qué más?
—Una sombra, muy grande, como si de un caballo se tratase. Pero más ligero. Se fue barranco abajo, dirección a la Fortaleza. No sé más, te lo juro ¡Apágalo ya por favor! ¡Apágalo ya!
Las llamas ya habían exterminado más de la mitad del muñeco, prácticamente solo quedaba parte del tórax y la cabeza, devorando la paja seca y los viejos retales de ropa. Los últimos gritos agónicos del pelele resonaron en lo más profundo del barranco. El auxiliar miró a Galván y le hizo un gesto inequívoco; seguidamente abandonaron el lugar en silencio.
Capítulo 5: EL PLAN
Caminaron barranco abajo hasta llegar al conjunto rocoso que llamaban la Fortaleza: tres roques que se elevaban en el centro del cauce como una hoja de sierra. Debido a su complicado acceso y a la altura en la que se encontraba, en la antigüedad sirvió de defensa a los últimos nativos frente a los colonizadores de la corona de Castilla. De faldas escarpadas, solo era accesible a pie por un único punto, situado en la ladera norte, lugar donde se hallaba la pareja agazapada.
Galván se había mostrado todo el camino distante, parco en palabras. Enfurruñado, se preguntaba si había sido necesario aquel sacrificio. Pero una cosa estaba clara, aquel que esté libre de pecado… Era consciente de que todos cometemos errores y que en algún momento, quizás promovidos por las presiones o sentimientos propios, podemos llegar a excedernos. De eso también trata la lealtad hacia el compañero. No era necesario recriminárselo. Con su actitud silenciosa durante el trayecto ya le había mostrado su disconformidad respecto al modo de proceder.
Cuando creyó que había quedado claro su parecer, se sentó en la tierra, cubierto por una roca, y enterró el asunto sacando una bota de vino y un zurrón*, en el cual comenzó a amasar una pella de gofio*. Y sin soltar palabra alguna, lo compartió con su compañero.
—Aún nos quedan unos cuarenta minutos para que oscurezca —dijo el más veterano—. Esa montaña está llena de recovecos, algunos naturales y otros hechos por los aborígenes. ¿Ves aquel roque más pequeño? Ese tiene varias cavidades de diferentes tamaños, pero su orientación hacia el oeste provoca que le dé el sol a partir de las cuatro de la tarde, así que ahí no está.
—¿Por qué?
—Porque nuestro objetivo es un ser que no se expone a la luz. Los otros dos roques están uno al lado del otro. Al mediano se accede por el flanco izquierdo; en su interior, se conecta por un pequeño pasadizo con el roque grande, el cual es atravesado desde adelante a atrás por una gruta de gran tamaño. —Y con la boca llena sentenció—: penetrarla sería una locura y ella partiría con clara ventaja. Su vista está adaptada a la oscuridad, a eso súmale que es negra como el picón* y que se mimetiza perfectamente en las sombras.
—¿A que nos enfrentamos?
—Unos cuentan que en verano, cuando las temperaturas aumentan, de la tierra brotan estos seres infernales. Otros, que ciertas personas se acaban convirtiendo en eso, aquellas que peor fondo tienen, y que su transformación suele suceder en época de calor, cuando la sangre más ebulle. —Elevó la bota de vino sobre su cabeza para echar un buen trago antes de continuar—: Leyendas aparte, lo que está claro es que su aspecto se asemeja a la de un perro gigante. Es tan grande que puede llegar a tener el tamaño de una vaca o, como dijo aquel espantapájaros, de un caballo.
El sol arañaba a duras penas el cielo y el calor bochornoso se atenuaba. Para respiro de la pareja, una brisa fresca comenzaba a acariciarles el rostro. Galván se descalzó para que los pies, deformados por múltiples durezas, tomaran un respiro.
—Cuando el clima cambia y las temperaturas bajan, desaparecen. Sus avistamientos son siempre nocturnos y suelen datarse en los meses de verano, nunca se ha visto uno en invierno. Imagínate los estragos que provocaría durante sus largas noches.
—Si es tan grande como comentas, será fácil acertarle en la distancia. No entiendo cómo cuesta tanto cazarlos y acabar con ellos.
—Su pelaje funciona como una coraza, es muy gruesa y cuesta mucho herirla de muerte. La última vez que intentamos abatirla contamos hasta trece impactos de balas y aun así escapó. No sin llevarse alguna vida por delante. —Su mirada se dirigió hacia la pequeña, que solo él veía, sentada a su lado—. Por eso tenemos que traer la confrontación a campo abierto y mantenerla en todo momento a distancia. Aunque es grande, no es nada pesada y te sorprenderá su agilidad y fuerza.
—Entonces… ¿cómo piensas acabar con él? ¡Solo somos dos!
—Ella, este espécimen en concreto es una hembra. Como sucede en otros casos de la naturaleza, son de mayor tamaño que los machos.
Galván cogió una rama seca y se dispuso a dibujar un croquis en la tierra.
—La sacaremos al exterior justo al finalizar el día. Juntaremos un puñado de julagas* y le prenderemos fuego en la abertura del roque mediano, el humo se propagará con rapidez hacia el interior de la gruta.
—¿De cuánto tiempo dispondremos?
—Poco, lo que tarde en ponerse el sol. Ella no se expondrá a salir hasta entonces. Cuando lo haga será aturdida por el humo y desorientada; le faltará el oxígeno y durante unos segundos tardará en recuperar totalmente el olfato. Hoy habrá luna llena y eso nos beneficiará, la claridad disminuirá su visibilidad y aumentará la nuestra.
—Entendido, sacamos al bicho fuera y… ¿luego?
—Aguardaremos agazapados en contraposición, pero evitando el fuego cruzado. Escondidos bajo las capas y solo saldremos para hacer un disparo; después correremos a cambiarnos de sitio y nos volveremos a cubrir, y nuevamente dispararemos. Recuerda que con la capota no nos verá, ya que nos confundirá con algún arbusto. Durante unos minutos, no sabrá a quién de los dos atacar, le costará saber exactamente dónde estamos.
—Dicho así parece fácil.
—Ojalá todo saliese como planeamos, pero eso no suele ser habitual. Tarde o temprano embestirá a uno de los dos, y ese es el momento en el que el otro tiene que acercarse lo suficiente a la bestia y vaciarle el cargador. Se acerca la hora, encastra la bayoneta en el chopo y mantente alerta.
Capítulo 6: CONFRONTACIÓN
Sus pulmones se estrujaban ante la ausencia de oxígeno, una sensación de ahogo la despertó. La estancia estaba completamente llena de humo, no podía ver más allá de su hocico. El miedo por el olor a fuego aturdía sus sentidos. Se acercó con paso lento hacia la salida cuando un endeble rayo de sol le advirtió de que aún no acababa de despedirse el día. ¡Estaba atrapada! Buscó un recoveco en las profundidades de la gruta, donde apenas llegaba la humacera y allí aguardó al ocaso con sus ojos brillantes inyectados en sangre. La habían descubierto, eso estaba claro, pero alguien iba a pagar muy cara su osadía.
El sol se ocultó y la bestia salió en compañía de la luna llena. Miró a los alrededores y no vio nada, pero sintió la presencia de algo, de alguien. Pronto un ruido sonó a sus espaldas: una explosión repentina, y notó una quemazón en el lomo. Al girarse vio correr a uno de esos monstruos de dos patas que no habían parado de atormentarla a lo largo de su vida. Se giró con la intención de perseguirlo, pero, sin haber dado más de tres zancadas, desapareció. Un sonido se escuchó de nuevo detrás de ella y un nuevo ardor apareció en su costado. Volvió a ver al engendro correr en sentido circular y de repente, ¡se esfumó!
Se preguntó cómo era posible que se moviera tan rápido, ¡no le había dado tiempo a rodearla!
Un estruendo la sorprendió y esta vez la pata trasera fue la que sufrió el dolor. Tras de sí, sintió a aquel ser trotando de un lado para otro.
Estaba confusa, no entendía lo que ocurría ¿Cómo era posible que desapareciera en la nada? En aquella ladera malamente había un puñado de arbustos medianos y algunas rocas grandes, algo insuficiente para esconderse de su vista. Y, en cambio... ¡no lo veía!
Un escozor la aisló de sus pensamientos, otra vez en el lomo.
Poco a poco recuperó el olfato y un fuerte olor a tabaco y sudor le despertó sus sentidos. Miró en la dirección de donde procedía el tufo, pero, extrañamente no atisbaba nada. Debía estar ahí, ella lo sabía.
Otro impacto le sacudió una de las patas delanteras. El tiempo se le acababa. El olfato la confundía, pues una nueva emanación la rodeaba completamente, ¡olor a pólvora! Así que cerró los ojos y se guio por el único sentido del que podía fiarse, el oído. Escrutó el espectro sonoro en busca de alguna pista, de algún sonido que pudiera guiarla. Y entonces lo encontró, a costa de otra picazón. Se concentró en el lugar de procedencia de la explosión y siguió con atención sus pasos acelerados e irregulares. Caminó con paso seguro. Ni siquiera una nueva quemazón en los cuartos traseros, cuyo proyectil le atravesó la piel hasta el hueso, la desconcentró. Continuó de frente, hacia el origen del último paso arrastrado.
En ese momento entendió por qué se movía tan rápido, no era uno solo, allí había alguien más. Habían estado jugando con ella. Se preguntaba cómo había podido picar en un truco tan simple y absurdo. Un escozor en el pescuezo la hizo caer de bruces. Se esforzó en levantarse, sabía que estaba cerca. Ya percibía nuevamente el olor a tabaco y sudor. Fue entonces cuando pudo escuchar los latidos de un corazón que estaba a punto de escapar por la boca de manera acelerada. Otro impacto, aunque ya no importaba. Tenía pocas opciones de salir con vida de esa y lo sabía, estaba gravemente herida. Pero también tenía claro que no iba a abandonar este mundo sola, arrastraría a uno de esos monstruos con ella al infierno.
Hinchó el pecho y levantó la zarpa bien alta para dejarla caer sobre algo que no podía ver, pero que sabía que se encontraba ahí. Y justo en el momento que descendió con toda la fuerza que le quedaba… lo vio, aquel ser se apareció ante ella y, antes de que la pata impactara contra él, sintió otra quemazón, esa vez en el centro de su tórax.
De un zarpazo dejó al monstruo mal parado. Ella también lo estaba. A sus espaldas continuaban las picazones, nuevas heridas en diferentes partes de su cuerpo. Pero eso poco importaba ya, delante de ella tenía a uno y ahora lo podía ver.
Reconoció al instante la marca que años atrás le había esculpido en su rostro.
Otro escozor, esa vez en la cabeza, la vista se le nubló. Tenía que actuar rápido antes de que acabaran con ella. Abrió la boca y se lanzó hacia su presa, lo atravesó por el cuello con uno de sus colmillos y llegó hasta el paladar. Agitando la cabeza de un lado al otro le arrancó el cráneo de cuajo y regó la tierra con su sangre.
Entonces, las explosiones se escuchaban cada vez más cerca, los impactos a lo largo de su cuerpo se volvían más continuos y dolorosos. Oyó con claridad las maldiciones de su verdugo mientras se acercaba a ella. Escupió la cabeza en su dirección y con una leve sonrisa satisfecha se desplomó, sintiendo cómo la remataban clavándole la bayoneta en el pescuezo.
Su verdugo no sentía ninguna empatía hacía ella. Con violencia se ensañó con la bestia para asegurarse de que no se volvería a levantar nunca más. De que la vida entregada por su compañero no había resultado en balde. Pero en el fondo, el novato disfrutaba clavándole una y otra vez el puñal al cuerpo ya inerte. Se recreaba en la sangre que salpicaba su uniforme y, como si estuviera poseído, comenzó a desollarla.
¡Santaella estaba desatado!
Mientras, el espectro de la niña miraba desde lejos aterrorizada. Era consciente de que, con la muerte de aquel ser, no había acabado la maldición del Tibicenas. Pues estaba siendo testigo de la transformación que sufría el más joven de la pareja.
Un fuerte aullido retumbó a los pies de la Fortaleza.
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GLOSARIO*:
Cachorro (o cachorra): sombrero canario que antiguamente se fabricaba con piel de animales pequeños, pues la de los adultos se utilizaba para prendas más grandes.
Naife: cuchillo canario.
Chepa: corcova, joroba.
Pelele: espantapájaros.
Baifillo: baifo, cabrito.
Maquis: organización guerrillera antifranquista.
Chopo: Arma larga de fuego, portátil. Fusil.
Pinocha: Hoja o rama del pino.
Pibe: niño, joven.
Alegar: hablar, tener cháchara.
Cantar por soleares: hablar de más, decir todos los detalles de algo, confesar, delatar "cantar como un canario".
Soltar prenda: hablar por fin de un secreto, romper el silencio.
Picoleto: despectivo para referirse a los agentes de la Guardia Civil.
Bota de vino: La bota es un recipiente o vasija hecho de piel o látex para cargar líquido (en este caso es vino).
Zurrón: Bolsa de pellejo/cuero que regularmente usan los pastores para guardar y llevar su comida u otras cosas.
Pella de gofio: postre de la cocina canaria.
Picón: carbón muy menudo, que solo sirve para braseros.
Julaga: aulaga, abulaga, aljulaga... Planta asterácea de unos sesenta centímetros de altura, espinosa, con hojas caducas o ausentes, flores amarillas, y abundante látex en todas sus raíces y ramas.
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➤ A.L.H. es un escritor español que ha participado en numerosos eventos literarios. Algunas de sus apariciones son:
- Penumbria Nº53: catálogo de la tienda de antigüedades del perverso Mefisto tributo a Emiliano González (Julio 2021); con el microrrelato: “Segundas oportunidades”
- Rigor Mortis Nº10: expedientes secretos (Junio 2023); con el microrrelato: “Polizón espacial”.
- Cuentos del bosque oscuro ha radioaficionado tres microrrelatos en las colecciones: “Bocaditos de fantasía” vol. III (Julio 2023), “Bocaditos de terror” vol. V (Junio 2023), “Bocaditos de fantasía y ciencia ficción” vol. V (Octubre 2023)
- Retazos de ficción Nº1: Body Horror (Diciembre 2023) con el relato: “Celeste”
➤ Pueden encontrarlo en X.
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