Un niño bueno
Foto de llvllagic |
escrito por José S. Ponce
Yo era su favorito, o eso decían los otros niños; algunos con tristeza, otros con alivio, la mayoría con envidia. No sabían que lo único que yo quería era que alguien más estuviera en mi lugar. Te estoy mintiendo, no era lo único, algunas veces durante la misa lo que más deseaba era que el Cristo se levantara y lo castigara, incluso me parecía ver que se movía, pero luego el cómplice regresaba a su lugar y nos ignoraba. También otras veces quería que él se resbalara con la sotana y se muriera, así como mi fe moría con cada embestida suya.
Llegué a ese lugar seis meses antes de lo sucedido, provenía de una casa hogar que tuvo que cerrar por falta de fondos. Recuerdo que lo que más me sorprendió a mi llegada fue el Cristo de la capilla, era del tamaño de un hombre y cargaba con una cruz de bronce, parecía tan real que sentía que me seguía con la mirada. Los primeros dos meses las cosas transcurrieron sin mayor sobresalto: tenía amigos, jugaba fútbol con el equipo y seguía las reglas del lugar mientras esperaba que una familia me llevara con ellos. No había dejado de esperar desde que quedé huérfano, quería una vida normal. Luego de cuatro meses las cosas cambiaron, no lo había entendido, no lo sabía, pero hoy lo sé, él estaba preparando el camino con cada acto para someter mi voluntad.
Me escogió, ahora lo entiendo, también entiendo por qué no dejaba de mirarme mientras jugaba con los otros chicos o incluso cuando estábamos en oración. Al inicio él solo se mostró amable. Me regalaba barras de chocolate a escondidas del resto. Me permitía quedarme en su oficina viendo películas y una vez me llevó a comer pizza. Me hacía sentir especial: aceptado. Recuerdo que decía que era así conmigo porque me portaba "como un angelito" y estaba muy cerca de nuestro señor. Por eso hasta llegué a quererle con la inocencia que me arrebató. Aunque después de lo que me hizo sólo quedó el vacío, no merece que sienta algo por él. Si ahora lo cuento es porque me lo estás preguntando.
Según sé, antes de mi llegada tenía otros favoritos: dos o tres, quizás algunos más. En realidad, yo solo conozco a uno de ellos y tú también. Lo conocí cuando todo empezó a torcerse. Fue el día en que él me pidió que me sentara sobre sus piernas, ahí a la vista de todos. A nadie le importó, aún cuando yo ya era demasiado mayor para esas cosas, no sé si por complicidad, por omisión o porque quizás estaban tan asustados como yo lo estaría. Fue después de eso cuando Juan se acercó a mí. Era uno de los chicos mayores, estaba por cumplir dieciséis años, pero recuerdo que su cuerpo era frágil y en sus ojos se veía la esperanza.
Me dijo que cuando eso pasara no me resistiera, que en ese momento tenía que ser obediente o sufriría más, me dijo también que rezara todo el tiempo, que me centrara en hablar con Dios y que todo pasaría. En ese instante las cosas que Juan dijo eran tan confusas que no pude entenderlas, pero es que yo solo tenía 11 años. Juan sabía lo que me esperaba, lo había vivido todo e intentaba prevenirme. Pero no había nada que pudiéramos hacer, lo he pensado, no estaba en nuestras manos. No, no podía ser. Yo estaba marcado. No físicamente, claro, pero marcado al fin. Aún lo estoy.
La primera vez que pasó yo estaba en su oficina viendo la televisión, que era, según había dicho, el premio para los niños buenos, aunque hasta ese entonces yo solo había visto a Juan salir de ahí, recuerdo que él siempre decía que Juan era el niño más bueno de todos. Ese día en específico yo veía una película donde los juguetes cobran vida cuando los humanos no los ven, aunque jamás supe cómo terminaba y nunca pude verla de nuevo. Él entró, apagó el televisor y se arrodilló a mi lado, me pidió que empezara a rezar un padre nuestro, dijo que así Dios perdonaría mis pecados, rezamos juntos. Y después yo me convertí en un juguete que nadie vio.
Lo recuerdo todo, como si lo hubiera visto desde otros ojos, quizás desde el aire o desde el bulto de un santo en la oficina. Me recuerdo maldiciendo mientras la sangre corría por mis piernas. Me recuerdo en silencio obedeciendo para que el sufrimiento se detuviera. Siempre obedeciendo. Ahora mismo vuelvo a oler los puros en su aliento y siento el peso de su cuerpo sobre mí: me sofoca. Lo odio.
Cuando se fue me susurró "no digas nada", no lo hice, tampoco lloré. Luego sí, temblando en los brazos de Juan, cuando vino a buscarme me sujeté a su abrazo lo más fuerte que pude y fue mi ancla ante la culpa que me consumía. En ese instante entendí que Juan era un niño muy bueno.
Cuando volví a ver el Cristo de la capilla sentí su mirada acusándome, me removí en mi asiento, sudaba mientras miraba alternadamente a la virgen. Me sentía como poseído. Tenía miedo de que todo fuera un castigo del Cielo. Por algo que había hecho y no recordaba. Pero Dios sí lo recordaba y me castigaba con eso. Él dijo que yo lo había provocado, que era un sucio. Un niño demonio. Juan me consolaba diciendo que todos tendríamos lo justo, cuando el Señor llegara a juzgarnos. Luego veía la duda en mi rostro y me decía "ten fe".
Lo cierto es que rezar me tranquilizaba, al menos me hacía resistir y no llorar. Un día me dijo que eso era lo que le gustaba. Que no llorara como los otros, pero sí lo hacía, solo que nunca ante él, no porque fuera muy valiente, más bien era que en ese momento dejaba de existir, sentía como que mi alma abandonaba mi cuerpo, para irse a un limbo de dolor.
Juan se volvió mi único amigo, porque conocíamos el mismo dolor y de ahí surgió una amistad que solo es posible ante el sufrimiento compartido. Siempre me esperaba despierto cuando él me llevaba por las noches y se escabullía hasta la dirección cuando lo hacía por las tardes. No sé cómo, pero siempre estaba a mi lado, me acompañaba al baño, me ayudaba a limpiarme mientras yo temblaba, me consolaba y aliviaba mi dolor con medicinas que había robado. Sin sus ojos no lo habría resistido, con sólo verlos lograba soportarlo.
Pero él no tardaría en intentar pervertirlo todo. Una noche me llevaba tomado de su mano de regreso a la habitación por el pasillo principal. Cuando vio a Juan despierto y esperándome, algo se activó en su cabeza, una sonrisa estúpida apareció en su rostro. Me preguntó que si Juan era mi novio, que si era el príncipe esperando su doncella. Yo no dije nada. Él soltó una carcajada, dijo que sabía que me gustaba y que ahora entendía por qué.
Le pidió a Juan que saliera del cuarto y nos llevó a ambos a la capilla, se puso una sotana que estaba sobre el asiento. Tiró de la mesa una biblia y un par de cirios. Dijo que ahí teníamos que demostrarle nuestro amor. Que estaba tan feliz de que sus pequeñitos se amaran. En ese momento comencé a llorar, Juan era mi mejor amigo, mi familia. Lo quería y no podríamos vivir con eso. Juan también se negó, pero no lloraba como yo. Él sacó debajo de la sotana una pistola pequeña y amenazó con matarme si Juan no lo hacía. Desesperado, le dije a Juan que obedeciera, que yo resistiría, que no me dejara morir.
Juan negó con la cabeza y se abalanzó contra él, intentó quitarle el arma, pero no pudo, la pistola se disparó y lo hirió en un brazo, él comenzó a reírse. Se acercó hasta Juan, puso el arma en su boca y le dijo que hiciera lo que ya sabía hacer. Juan resistía, yo lloraba. También rezaba, rezaba para que se terminara, rezaba para que Juan ya no sufriera y la justicia de Dios llegara, pero no llegaba y ya no podía más. Juan sangraba y él con su dedo lastimaba más la herida. Juan gritaba, pero nadie quería oír.
Yo seguía en una esquina, rezando, aún recuerdo que olía a madera podrida y a incienso. Él volteó a Juan sobre la mesa. Quería usar el arma, Juan ya no pudo más. Nos miramos a los ojos, por primera vez vi en ellos miedo y desesperación. Me desarmé. Me di cuenta que rezar por la misericordia de Dios no bastaba. Ahogué mis gritos y me quedé sin respirar, pensé que tal vez así abandonaba mi cuerpo y todo terminaba.
Se oyó un crujido como de huesos rompiéndose. Después la caída de un cuerpo y unos pasos firmes que fueron seguidos por una lámina de metal siendo arrastrada. Abrí los ojos y entonces lo vi. Caminó hacia la mesa cargando su propia cruz con ambas manos y lo atravesó por la mitad. Él, Marcial Maciel, al sentir la cruz de metal en sus entrañas giró la cabeza y soltó el arma, intentó dar un par de pasos, pero al ver de frente a aquel divino rostro murió de terror al instante.
Después de eso Juan y yo escapamos del orfanato. Mi amigo siempre dice que fue un milagro; en cambio, yo creo que algo en mí lo hizo.
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➤ José es un escritor mexicano que compagina la literatura con la biología. Algunas de sus obras son:
- "Aquel día" (2023), Revista Exogénesis No. 4
- "El segundo cerebro" (2023), Revista Teoría Ómicron
- "Una bestia distinta" (para 2023), Revista Espejo humeante No. 15.5
- "El dios dragón" (para 2024), Revista Espejo humeante No. 16.5
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