Allá lejos y hace tiempo


escrito por Miguel Ángel Castelo “El Moska”

    En uno de los tantos domingos que salía de trabajar, dando gracias a Dios que ya no iría lunes y martes, me desvié a casa de mis padres. Hacia algunas semanas que no los visitaba. Cuando llegué, me llevé la grata sorpresa de que mi tío Ambrosio, hermano de mi papá, y su esposa Avelina llegaron desde la Ciudad de México. La última vez que los vi fue cuando estaba en cuarto semestre de preparatoria. Los saludé gustoso. Mi mamá me ofreció, aparte de una silla, un frio vaso de Coca Cola y de paso, sirvió también a mi tío. Mi tía rechazó el refresco, pero aceptó una manzana.

    —Hace un tiempo, a una de mis hijas se le hinchó la cara. El lado derecho. Así nomás de la nada, como si le hubieran pegado. Fuimos con los doctores y le dijeron que estaba bien. Que si no era alérgica a nada —dijo mi tío.

    —Capaz que era ojo… —habló mi papá, mientras soplaba su café para dar un sorbo.

    —Una vez a mí el ojo derecho se me infló como globo. ¿Se acuerdan? —Volteé a ver a mis papás.

    —Sí. Estuvo feo. Creí que le iba a explotar —dijo mi madre.

    —¿Y tú lo curaste? —preguntó mi tía Avelina.

    —Sí, lo curé —respondió mi papá.

    —Ambrosio también es brujo —contó mi tía mientras mordía la manzana.

    —Pues es que nuestro abuelo nos enseñó. ¿Sí o no, carnal? —Mi papá dio una palmada en la espalda su hermano.

    —Sí. Nuestro tata Macario sabía mucho de eso. Nomás que yo ya no lo hago a eso.

    —Fue desde aquella vez que llegaste de madrugada, todo blanco y frio… —dijo mi tía mientras masticaba otro pedazo de manzana.

    —Sí lo recuerdo, nomás que no te lo he contado. —Mi tío se acomodó en su lugar, bebió un poco de la Coca—. De verdad doy gracias a Dios. —Se levantó levemente la gorra que traía—. Que ese día llegué a la casa. Esto ya paso hace tiempo y creo, mujer, aprovechando que estamos aquí, es hora de contarte.

***

    »En una noche de borrachera, tú te has de acordar bien, estábamos como cuatro o cinco en el patio de la casa. Nosotros vivimos en la Xico. Casi cada semana nos juntábamos algunos vecinos a tomar y esa vez llegó un señor que no había visto. No estaba tan grande, tenía como 35 años. Conforme pasaba la noche, llegó la mujer de este chavo.

    —¿No te da vergüenza, Elías? —Así se llamaba este amigo. Hasta ese rato supe su nombre—. Saliste de trabajar a las 6 de la tarde y prefieres tragar mierda a ver a tu hija enferma. —La voz de la señora, aparte de enojada, se oía muy triste.

    —¿Qué le pasa a su hija? —le pregunté yo.

    —Nada —me contestó de rápido él—. Está mal de su cabeza.

    —Esa es tu gran explicación. Yo sé que mi niña no está loca.

    —Conste que yo no lo dije —dijo, casi riéndose. Aquí ya empecé a dudar y le volví a preguntar a la señora.

    —Pues nomás se la pasa en el rincón del cuarto como agachadita. Dice que en el techo andan caminando gatos negros y que se le quieren aventar encima, que la quieren aruñar… —La señora empezó a llorar—. No sale en el día, ni a la escuela la puedo llevar. Y a veces, en las noches, camina sola para afuera de la casa, pero está dormida. Y no la despierto porque dicen que es peligroso.

    —Ya te dije, Pilar, que esa chamaca está loca. Se debe internar antes de que nos haga algo a ti o a mí —dijo Elías.

    —¡Tiene 12 años! No nos puede hacer nada.

    —¿Le ha notado golpes? ¿O que su color es diferente? —le pregunté.

    —Sí, en los brazos sobre todo y cada día está más pálida. Pareciera que la muerte la reclama.

        »Me puse a pensar mientras esta pareja discutía. Recordé que en el pueblo le pasó lo mismo a una chamaquilla y nuestro tata la curó. Me acabé la cerveza y me levanté.

    —¿Me deja ver a su niña? —le dije a la señora en buen plan.

    —¿Y tú qué sabes? ¿Eres doctor o qué? —Elías también se levantó y me puso muy cerca, como si me quisiera pegar.

    —Esto no es cosa de médicos.

    —¡Creencias de gente pendeja!

    —¡Cálmate, Elías! —le gritó la mujer—. ¿De veras usted sabe curar?

    —Sí —le dije—. Yo sé de esas cosas.

    —Créame que la he llevado con muchos doctores, hasta particulares, y ninguno me ha sabido dar respuesta. Vamos, pues. No pierdo nada con que usted la vea.

    »Y pues me llevó a su casa en Tlahuac. Pasé a ver a la niña y sí estaba bastante mal. Pareciera como la niña de la película esta…  “El aro”. Blanca, blanca, con el pelo negro, negro para enfrente, con moretones en las piernitas y los bracitos. Le hablé y me miró muy feo, como si estuviera endemoniada. Le pedí a Elías que se saliera del cuarto. Se enojó mucho más que cuando me ofrecí a ver a su hija, pero se salió mentando madres.

    —M’hija, este señor te va a curar —e dijo su mamá.

    —¿De veras, mamá? —preguntó la niña. Para ese rato su mirada se le cambió a algo más normal—. ¿Ya no se me van a venir los gatos encima? —me preguntó la niña.

    —Pues vamos a hacer lo posible —le contesté—. Acuéstate en tu cama, así como estás.

    »Cuando se acostó, accidentalmente se le alzó un poco el chorcito negro que traía puesto y le alcancé unas marcas como de dedos arriba de las piernas, casi en el muslo. Le dije a Pilar que le alzara más la ropa y, aparte de las marcas, había golpes. Pedí tres huevos criollos, alcohol, ruda, albahaca y pirul.

    »Me salí junto con la señora y vi a Elías en el marco de la puerta fumando, muy quitado de la pena. Pilar lo mandó por las cosas y él, de mala gana, salió a la calle. Me quedé afuera y al rato llegó este muchacho. Se me quedó viendo como con desprecio.

    —No hubo huevos criollos. Nomás de los normales.

    —No le hace. Sirven para lo mismo.

    —¿Quién te enseñó?

    —Mi abuelo. No sé si era brujo, pero de que sabía, sabía.

    —Bueno, pues ya vamos a ver.

    »Entramos juntos al cuarto de la niña. Encima de una mesita puso las cosas. Cuando me acerqué a tomar las hierbas, empezó a oler como a drenaje, pero horrible, tanto así que me mareó el aroma. Mojé con un poco de alcohol mi mano y la acerqué a la nariz. Armé el manojo, les eché alcohol, me persigné y empecé a ramearla por todo su cuerpito. Desde arriba hasta abajo. Bien, bien rameada. Mientras rezaba un Padrenuestro, me andaba mareando, ya no por el olor, sino por la vibra que se andaba quitando. Después le pase los tres huevos, de uno en uno. Ahí me vinieron más mareos, pero gané acabar.

    —¿Tienes gasolina? ¿Petróleo? ¿Algo fuerte para quemar? —le pregunté a la señora.

    —Sí —me dijo. Me llevó gasolina, una caja de cerillos y salimos a la calle.

    Puse los tres huevos en triangulo, eché suficiente gasolina. Les pedí que se alejaran un poco para que no les cayera llama. Elías se quedó en la puerta de nuevo, fumándose otro cigarro. Prendí un cerillo, lo aventé y en cuanto prendió, la lumbre se alzó alto, alto y los huevos empezaron a tronar, como si anduvieran echando balazos.

    »Cuando acabó de tronar, a lo lejos se escuchó unos gritos, pero fuertísimos, como si mataran a alguien a golpes. Nos sorprendimos mucho, la sincera verdad. Ardió por mucho tiempo eso y hasta remolinos se hacían y eso que no había aire. Yo nomás rezaba. Ya que se quemó bien todo, fuimos a ver a la niña. Estaba dormidita, el color le volvió. Fui todavía a curarla unas tres o cuatro veces.

***

    —Pero no fue ese día. Fue como más después que llegaste al día siguiente —interrumpió mi tía.

    —Espérate, mujer. Esto nomás fue un… ¿Cómo le llaman a esto? Cuando quieres explicar antes…

    —Un preámbulo, tío —le dije yo.

    —Ándale, un preámbulo a lo que pasó esa vez. —Volvió a dar un sorbo a su vaso.

***

    »Varias noches después Elías volvió con alguien más a tomar. Ya andaba más calmado. Me llamó aparte, ya bien tomados.

    —Te voy a invitar a una fiesta, como agradecimiento por la curada de mi hija.

    —No fue nada —le dije yo—. No te preocupes. Es más, hasta creí que no te importaba tu chamaca.

    —Ándale, no me desprecies. Nos la vamos a pasar bien —me dijo.

    Y pues le dije que sí. Nos fuimos caminando de Xico. Caminamos casi una hora. Empecé a ver que nos alejábamos de la colonia. Nomás veía las casas allá lejos con sus lucecitas bien chiquitas. Llegamos como a un desierto.

    —¿Cuánto falta? —le pregunté. Ya andaba cansado.

    —No mucho —me dijo—. Es nomás aquí adelante. Ya mero llegamos.

    »Bueno, seguimos. Ya llegamos a un cerro. Había unas cuantas casitas en la base. Caminando más derecho, vi como una cueva que se metía adentro del cerro. Se miraba una luz, pero como roja y en la entrada, un montón de muchachas bonitas. Entramos, nos acercamos a la barra, él pidió cerveza y tomamos otro poco. Una de las muchachas se me acercó y me dijo que si no le invitaba una cerveza. Le hice seña de que se fuera, que no tenía dinero. Andaba muy cansado y me quería ir, pero me dijo que nada más nos acabábamos esa cerveza y me llevaba de regreso.

    »Como a la hora ya nos salimos los dos. Empezamos a caminar de regreso y cuando andábamos por el desiertito ese empezó a oler como a quemado. Caminé otro poco y, luego, luego, salieron de la nada unas llamaradas bien altas y como a unos metros enfrente de mí, una lumbrada como de dos metros de alto, pero bien roja. Todo alrededor se veía. Sentí que alguien andaba tras de mí y que me agarra del cuello con su brazo.

    —Ahora sí, te voy a matar, brujo jijo de la chingada. —Por la voz, reconocí que era el papá de la niña. Inocentemente caí en una trampa.

    —Yo no te he hecho nada. ¿Por qué me quieres matar? —Y empecé a escuchar muchas voces, pero muchas, como si estuvieran cantando en la iglesia.

    —Ahora te voy a mandar con el Hermano… —me dijo. Al otro lado de la lumbre, vi sombras, pero de a madres. Estaban encapuchadas y nomás se les veían los ojos rojos, pero era un rojo como del color de la sangre.

    »Yo como pude me le zafé y corrí. Hasta la borrachera se me bajó. Conforme me alejaba, las voces se escuchaban más y más lejos. Cuando vi casas, empecé a tocar las puertas, pero nadie me escuchó. Me escondí en una barda. Yo nomás oía los gritos de aquel: “¡Sal, brujo jijo de la chingada!” “¡Te voy a matar!” “¡Hijo de tu puta madre, sal que te mato!”. Y pues no salí y no salí, hasta que ya no lo escuché.

    »Corrí viendo hacia atrás, hasta que llegué como a una carretera. Fácil eran las tres de la mañana. No tenía ni un peso y no pasaban carros para la ciudad. Anduve un buen tramo, hasta que me encontré con una pareja de viejitos en una carretita jalada por dos burros. Andaban los dos de blanco, la señora traía un rebozo azul cielo que le tapaba la cabeza, pero se le veía la cara.

    —¿Qué andas haciendo a esta hora, hijo? —me preguntó la señora.

    —Me quisieron matar. Ando perdido —le dije.

    —¿Para dónde vas? —me preguntó el señor.

    —A Tlahuac.

    —No m’hijo. Tlahuac está pa’l otro lado. Camínale para allá y llegarás a Tlahuac.

    —Gracias.

    —Que Dios te cuide —me dijo la señora.

    »Me fui para donde me dijeron. De rato volteé y ya no vi la carreta ni se oía el ruido de la carreta. En ese momento ni me importó. Luego vi una panadería. Ya tenía la luz prendida. Me acerqué a tocar y no me quisieron abrir. A lo mejor me vieron desde la ventana y pensaron que los quería robar. Seguí caminando y como a la hora pasó una combi. Se paró al verme todo golpeado y con la camisa rota.

    —¿Qué te pasó?

    —Me quisieron matar.

    —¿Y eso?

    —No lo sé.

    —¿Para dónde vas?

    —A Tlahuac.

    —¿Y de ahí?

    —A Xico.

    —Súbete, te llevo.

    »Y me llevó hasta la base para agarrar el carro a Xico. Cuando me bajé ahí, me dio dinero para pagar el transporte a la casa. Ya andaba amaneciendo. Llegué casi a las siete de la mañana.

    —Ya llegué, gracias a Dios. ¡Bendito Dios que ya estoy en mi casa!

    —¿Tú qué traes que andas bendiciendo tan temprano?

    —Ya llegué, mujer. —Me quité la chamarra y me acosté—. Abrázame, por favor.

    —No, vete para allá. Andas muy frío.

***

    —Ese día que entró al cuarto, lo vi blanco, blanco. Y le toqué la mano y estaba fría, fría, peor que muerto —dijo mi tía mientras soltaba una risita y tiraba la basura de la manzana.

    —¿Y en qué acabó todo eso? —preguntó mi papá.

    —Resultó que Elías estaba abusando de la niña, por eso los moretones en las piernas. Y aparte, me dijo Pilar después que, a los días, llegó una mujer toda quemada a su casa a pedirles perdón. Ella confesó que Elías la buscó para que hacerle un trabajo a la niña para que la mamá no se enterara de las barbaridades que este cabrón le hacía.

    —Pero también a él le fue mal —dijo mi tía—. Como a los dos meses lo encontraron muerto bajo un puente por Tepito. Según que por sobredosis de droga.

    —Eso dicen, mujer. Pero tú sabes que, cuando haces el mal, este se te regresa y al doble. Yo por eso nomás le pido a Dios. —Volvió a levantarse la gorra—, que nos vaya bien. Este mundo está lleno de maldad.

    Mis tíos se irán mañana. Una verdadera lástima. Estoy seguro que, como esta, tienen más historias, pero ya no me tocará oírlas hasta que ellos vuelvan. Espero que se animen a volver.

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   » Miguel "El Moska" es un escritor mexicano que ha participado en múltiples espacios literarios y además es narrador oral. Algunos de sus aportes a la literatura son:
  • Participante en la "Gaceta Lenguas y Letras" de la Universidad de Querétaro
  • Participante en las revistas "Metáforas al aire", "Paginalia" y "El Morador del Umbral"
  • Editor en la revista "El Morador del Umbral", sección de narrativa
  • Apareció en las antologías "Voz migrante" (2017), The real morador blues (2020), "Los 21" (2021), "El descenso" (2021) y "Soñar en noviembre" (2022)
  • Parte del equipo técnico de los encuentros literarios "La border meiks mi japy" (2017-2019), "Ruido" (2020) y "Norte 32°" (2021-2022)

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